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18 dic 2014

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Biblioteca 4

Un general en la biblioteca

Italo Calvino, La dulce bonanza de las Antillas, 1993.


En Panduria, nación ilustre, una sospecha se insinuó un día en la mente de los altos oficiales: la de que los libros contenían opiniones contrarias al prestigio militar. En realidad, de procesos y encuestas se desprendía que esta costumbre ya tan difundida de considerar a los generales como gente que también puede equivocarse y aun provocar desastres, y las guerras como algo a veces diferentes de las radiantes cabalgatas hacia destinos gloriosos, era compartida por gran cantidad de libros modernos y antiguos, pandurios y extranjeros. 

El Estado Mayor de Panduria se reunió para hacer un balance de la situación. Pero no sabían por dónde empezar, porque en materia de bibliografía ninguno de ellos, era ducho. Se nombró una comisión investigadora, mando del general Fedina, oficial severo y escrupuloso. La comisión examinaría todos los libros de la biblioteca más grande de Panduria. 

Estaba esta biblioteca en un antiguo palacio lleno de esclareas y columnas, desconchado y decrépito por aquí y por allá. Sus frías salas estaban atestadas de libros, repletas, en parte impracticables, sólo los ratones podían explorarlas en todos sus rincones. El presupuesto del Estado pandurio, sobrecargado con ingentes gastos militares, no podía proporcionar ninguna ayuda. 

Los militares tomaron posesión de la biblioteca una mañana lluviosa de noviembre. El general se apeó de su caballo, retacón, sacando pecho, con su gruesa nuca afeitada, las cejas fruncidas sobre pinche-nez, de un automóvil bajaron cuatro tenientes larguiruchos, el mentón alto y los parpados bajos, cada uno con su portafolio en la mano. Después venía una cuadrilla de soldados que acamparon en el antiguo patio con mulos, balas de heno, tiendas, cocinas, radios de campaña y estandartes. 

Se pusieron centinelas en las puertas y un cartel que prohibía la entrada, “debido a loas grandes maniobras y mientras duraran las mismas”. Era un expediente para que la investigación se pudiera realizar en el mayor secreto. Los estudiosos que solían llegar a la biblioteca todas las mañana, con los abrigos puestos, bufandas y pasamontañas para no congelarse, tuvieron que volverse atrás. Perplejos, se preguntaban: 

- ¿Cómo? ¿Grandes maniobras en una biblioteca? ¿No irán a desordenarla? ¿Y la caballería? ¡Y harán también ejercicios de tiro! 

Del personal de la biblioteca sólo quedó un viejecito, el señor Crispino, reclutado para que explicase a los oficiales la localización d los volúmenes. Era un tipo bajito, con el cráneo calvo como un huevo y ojos como cabeza de alfiler detrás de las gafas con patillas. 

El general Fedina se preocupó ante todo de la organización logística, porque las órdenes eran que l comisión no saliera de la biblioteca antes de haber llevado a su término la investigación; era un trabajo que requería concentración y no debía distraerse. Se procuraron suministros de víveres, alguna estufa del cuartel, una provisión de leña, a la que se añadió alguna colección de viejas revistas consideradas poco interesantes. Nunca había hecho tanto calor en la biblioteca en aquella estación. En lugares seguros, rodeados de trampas para los ratones, se colocaron los catres donde el general y sus oficiales dormirían. 

Después se procedió a la adjudicación de las tareas. Se asignó a cada uno de los tenientes determinada rama del saber, determinados siglos de historia. El general controlaría la clasificación de los volúmenes y los sellos diferentes aplicados según el libro fuera declarado legible para los oficiales, los suboficiales, la tropa, o bien denunciado al Tribunal Militar. 

Y la comisión comenzó su servicio. Todas las noches la radio de campaña transmitía el informe del general Fedina al comando supremo. “Examinados, tantos volúmenes. Considerados sospechosos, tantos”. Rara vez aquellas frías cifras iban acompañadas de alguna comunicación extraordinaria: la petición de un par de gafas de présbita para un teniente que había roto las suyas, la noticia de que un mulo se había comido un raro códice de Cicerón que había quedado sin custodia. 

Pero iban madurando acontecimientos de mucha mayor importancia, de los que la radio de campaña no transmitía noticias. La selva de libros, antes que ralear, parecía cada vez más enmarañada e insidiosa. Los oficiales se habrían perdido si no hubiese sido por la ayuda del señor Crispino. Por ejemplo, el teniente Abrogati se ponía de pie como por un resorte y arrojaba sobre la mesa el volumen que estaba leyendo: 

- ¡Pero es inaudito! ¡Un libro sobre las guerras púnicas que habla bien de los cartagineses y crítica los romanos! ¡Hay que hacer enseguida la denuncia! 

(Es preciso decir que los pandurios, con razón o sin ella, se consideraban descendientes de los romanos) Con paso silencioso en sus pantuflas afelpadas, se le acercaba el viejo bibliotecario. 

-Y eso no es nada - decía-. Lea aquí, siempre sobre los romanos, lo que se escribe, podrá dejar constancia en el informe también de eso. Y esto, y eso - y le sometía una pila de volúmenes. 

Un teniente empezaba a hojear los volúmenes, nerviosos, después, más interesado, leía, tomaba notas. Y se rascaba la cabeza, farfullando: 

- ¡Demonios! ¡Pero cuántas cosas se aprenden! ¡Quién lo hubiera dicho! 

El señor Crispino se desplazaba hacia el teniente Lucchetti que cerraba untoso con furia, diciendo: 

-¡Muy bonito! ¡Aquí tienen el coraje de expresar dudas sobre la pureza de los ideales de las Cruzadas! ¡Sí señor, de las cruzadas! 

Y el señor Crispino, sonriendo: 

-Ah, mire que, si tiene que hacer un informe sobre ese tema, puedo sugerirle algún otro libro donde encontrará más detalles- y le bajaba medio anaquel. 

El teniente Lucchetti arremetía y durante una semana se lo oía hojear y murmurar: 

-¡Pero hay que ver, estas Cruzadas, qué historia! 

En el comunicado vespertino de la comisión, la cantidad de libros examinados era cada vez mayor, pero ya no se transmitía ningún dato sobre los veredictos positivos o negativos. Los sellos del general Fedina quedaban sin usar. Si, tratando de controlar el trabajo de los tenientes, preguntaba a uno de ellos: “¿Pero cómo has dejado pasar esta novela? ¡La tropa queda mejor parada que los oficiales! ¡Es un autor que no respeta el orden jerárquico!”, el teniente le contestaba citando otros autores, enredándose en razonamientos históricos, filosóficos y económicos. Se producían discusiones generales que duraban horas y horas. El señor Crispino, silencioso en sus pantuflas, casi invisible con su guardapolvo gris, intervenía siempre en el momento justo, con un libro que a su entender contenía detalles interesantes sobre el tema en cuestión y que siempre producía el efecto de poner en crisis las convicciones del general Fedina. 

Entre tantos los soldados poco tenían que hacer y se aburrían. Uno de ellos, Barabasso, el más instruido, pidió a los oficiales un libro para leer. Quisieron darle sin más uno de los pocos que ya había sido declarados legibles para la tropa; pero pensando en los miles de volúmenes que aún quedaban por examinar, al general no le pareció bien que las horas de lectura del soldado Barabasso fueran horas perdidas para los fines del servicio, y le dio un libro que estaba por examinar, una novela que parecía fácil, aconsejada por el señor Crispino. Una vez leído Barabasso debía informar al general. 

Otros soldados también pidieron y consiguieron lo mismo. El soldado Tommasone leía en voz alta a un camarada analfabeto, y éste daba su parecer. En las discusiones generales empezaron a participar también los soldados. 

Sobre la consecución de los trabajos de la comisión no se conocen muchos detalles: lo que sucedió en la biblioteca durante las largas semanas invernales no fue objeto de informe. El hecho es que el Estado Mayor de Panduria llegaban cada vez menos informes radiofónicos del general Fedina, hasta que llegó el momento en que dejaron de llegar por completo. El comando supremo empezó a alarmarse; transmitió la orden de concluir la investigación cuanto antes y de presentar una relación exhaustiva. 

La orden llegó a la biblioteca cuando en el alma de Fedina y de sus hombres luchaban sentimientos encontrados: por un lado descubrían a cada momento nuevas curiosidades que satisfacer, iban tomando gusto a aquellas lecturas y aquellos estudios como jamás lo hubieran imaginado, por otro lado no veían la hora de volver con las gentes, de retomar contacto con la vida que les parecía ahora mucho más compleja, casi renovada ante sus ojos, y por otro más, al acercarse el día en que deberían abandonar la biblioteca, se sentían llenos de aprensión, porque debían rendir cuentas de su misión, y con todas las ideas que les brotaban en la cabeza ya no sabían cómo salir del atolladero. 

Por la noche miraban desde los vitrales los primeros brotes en las ramas iluminadas por el crepúsculo, y las luces de la ciudad que se encendían, mientras uno de ellos leía en voz alta los versos de un poeta. Fedina no estaba con ellos: había dado orden de que lo dejaran solo en su mesa, porque debía redactar la relación final. Pero de vez en cuando se oía sonar la campanilla y la voz que llamaba: ¡Crispino! ¡Crispino!. No podía seguir adelante sin la ayuda del viejo bibliotecario, y terminaron por sentarse a la misma mesa y redactar juntos la relación. 

Por fin una buena mañana la comisión salió de la biblioteca y fue a informar al comando supremo, y Fedina ilustró los resultados de la investigación delante del Estado Mayor reunido. Su discurso fue una especie de compendio de la historia de la humanidad, desde los orígenes hasta nuestros días, en la que todas las ideas más indiscutibles para los bien pensantes de Panduria eran criticadas, las clases dirigentes denunciadas como responsables de las desventuras de la patria, el pueblo exaltado como víctima heroica de guerras y políticas equivocadas. Fue una exposición un poco confusa, con afirmaciones a menudo simplistas y contradictorias, como ocurre a quien ha abrazado hace poco nuevas ideas. Pero sobre el significado general no cabían dudas. La asamblea de los generales de Panduria palideció, desencajó los ojos, recuperó la voz, gritó. El general no pudo terminar siquiera. Se habló de degradación, de proceso. Después, por temor a escándalos más graves, el general y los cuatro tenientes fueron declarados en retiro por motivos de salud, debido a un grave agotamiento nervioso contraído durante el servicio. Vestidos de paisanos, se los veía entrar a menudo, con sus abrigos y arropados para no congelarse, en la vieja biblioteca donde los esperaba el señor Crispino con sus libros.


#ItaloCalvino # biblioteca #libro #cuento

3 may 2013

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Los libros como puentes 2


En esta 39 edición la ciudad invitada de honor será Amsterdam. Tiene su espacio propio en el Café Amsterdam en el Pabellón Amarillo. Allí, la fundación Letterenfonds, que se dedica a la promoción de la literatura holandesa en el mundo, recreó el espacio íntimo de un café, en el que se presentará una selección de los mejores escritores holandeses contemporáneos. Como parte de la delegación de la Ciudad Invitada de Honor, contaremos con la visita de Maarten Asscher, Douwe Draaisma, Arnon Grunberg, Herman Koch, Cees Nooteboom, Joke van Leeuwen, Wouter van Reek y Frank Westerman. Aquí una muestra de la literatura holandesa:


Encuentro de Cees Nooteboom

“Dos chicos viene hacia mí por el angosto camino que va del mar al pueblo.
Uno de ellos es un adolescente, alto, sin forma aún, su cuerpo entero se bambolea. A su lado, el paso del chico más joven que le sigue resulta mucho más mesurado. Moreno, sureño, romano. No sé calcular su edad, nueve o diez años tal vez, pero me llama la atención su mirada profundamente abstraída. Es imposible saber lo que está viendo en su interior, claro está, pero el misterio de su concentración extrema me incita a dar un salto en el tiempo. ¿Cuánto tiempo hace que yo tenía su edad? ¿Por qué siento que hay algo en él que reconozco? El hombre que soy ahora, transcurridos más de sesenta y cinco años, ¿estaba ya presente en el niño que no recuerdo? La pregunta me rondará la cabeza el resto del día. ¿Existe eso? ¿Otro ser como espejo en el que tu edad desaparece? ¿Por qué tengo la sensación de haberme cruzado conmigo mismo? Y, si no es así, ¿quién es esa persona que pasó a mi lado y que nunca llegaré a conocer?”



Foto de Klaas Koppe
Visitanos en Facebook: www.facebook.com/Editopia

29 abr 2013

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Los libros como puentes 1


La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2013 es la más grande en el mundo de habla hispana. Este año se celebrará entre los días 25 de abril al 13 de mayo en las instalaciones del predio de La Rural Predio Ferial de Buenos Aires.

El lema de este año es: “Los libros como puentes”. Los puentes unen riberas, ciudades y países. A lo largo de la historia, los libros han demostrado que también son puentes maravillosos: entre abuelos y nietos, entre personas con distintas formaciones, entre ciudadanos de países distantes, entre lectores de la Edad Media y lectores del presente.

Una de las visitas más importantes será la del sudafricano John Maxwell Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003 y autor de libros como “Diario de un mal año”, “Elizabeth Costelo”, “El maestro de Petesburgo”, “Infancia”, “Juventud” y “Verano” entre muchos otros. Visitanos en Facebook: www.facebook.com/Editopia


13 dic 2012

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Con los mejores deseos 2


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EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN de Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren.
Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.
Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales.
Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.
No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

— Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

— Mañana y mañana y mañana — murmuró entre dientes —, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

— ¿Un cuento de Navidad? — dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?

Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

— Fue en el verano del setenta y dos — dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

— ¿Eres tú, Robert? — dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

— Sabía que vendrías, Robert — dice —.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

— Está bien, abuela Ethel — dije.
— He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

— Eso es estupendo, Robert — decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

— ¿Volviste alguna vez? — le pregunté.

— Una sola — contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

— Probablemente había muerto.

— Sí, probablemente.

— Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

— Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

— Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

— Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

— La hiciste feliz.Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

— Todo por el arte, ¿eh, Paul?

— Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

— Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

— Sí — dije —.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.

Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

— Eres un as, Auggie — dije.

— Gracias por ayudarme.

— Siempre que quieras — contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

— Supongo que estoy en deuda contigo.

— No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

— Excepto el almuerzo.

— Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.


10 feb 2011

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mujer 2
























Cuenta regresiva, Cristina Frigoni, 2009

La chica del asiento de enfrente me mira fijo, le sostengo la mirada con esfuerzo, ella desvía la vista hacia el bebe que no para de llorar en la punta del vagón. Me toco las mejillas, la frente, todo es hueso recubierto con piel y una barba que quiere aflorar y se encarna en la no carne. Palpo mis ojos hundidos, sin pestañas ni cejas. Dejaron de ser celestes, esta mañana al lavarme los dientes los vi descoloridos, casi blancuzcos. No los mira como los contemplaba ella, embelesada, sumida en mi cielo y en mi mar. Cada vez que intentaba entrecerrarlos se tiraba a mi lado para abrir mis párpados. No sé qué buscaba y tampoco qué encontraría ahora, ¿desesperanza, dolor, miedo? Supongo que no más esas miradas de pasión, de encuentro recíproco, de vida plena. ¡¿Qué estará percibiendo esta chica que insiste con su mirada cuando ya no puedo dar nada de eso?! Cruza nerviosa las piernas y abre un libro, yo sé que no lo está leyendo, puedo ver que sus ojos no avanzan por la página. Son bellísimos cuando los despliega hacia mí, oscuros, intensos, cargados de energía. Por favor no te bajes, no dejes de hacer contacto, tus mejillas saludables, tus veinte años me hacen sentir una pizca de curiosidad y consuelo, alguien finalmente repara en mi “triste figura”. El traqueteo del tren me produce un placer que hace mucho no sentía. Suspendido en los olores que me invaden, el vómito del bebe, algun perfume, ropa sucia y ropa limpia, carne palpitante y sudorosa que transita, respira. No te alejes, falta mucho para que me baje y poco para que goce tu calor que me llega en oleadas de jabón barato y agua de colonia. Puedo imaginarte desnuda, contemplándome como ahora, pidiéndome que te someta a mis deseos, que te bese sin pausa, que te acaricie. Me adormece la vibración, los huesos duelen contra el asiento duro pero no importa, sé que vendrás conmigo, recorreremos juntos las tres cuadras que separan la estación de mi casa, te abriré la puerta, encenderé las luces, tengo champagne escondido en algún lado, no importa si no está frío, le pondremos hielo y brindaremos. Mientras beso tus ojos, tu cuello, tu cabeza, te iré desvistiendo lentamente y dejaré mis ropas por el camino. Llegaremos al dormitorio abrazados, jadeantes. Sonrío y te sonrojas, estás adivinando mis deseos, yo los tuyos. Falta muy poco para que nos bajemos de este tren, te avisaré con un guiño y seguirás mis pasos. ¿Adonde vas? Aún falta para llegar, no te levantes. ¿Qué veo en tu mirada ahora? ¿Piedad? ¿Quién te ha pedido nada mujerzuela vulgar y mal vestida? Hubieras pedido permiso para bajar ¿no ves que me has pisado? Se te cae el libro que leías, te lo entrego y me lo arrancás de la mano groseramente. Sabía que te llamaba la atención mi cabeza lisa y mi delgadez. Sádica y perversa como todo el mundo. Ilusa ¿creiste por un instante que me interesabas? ¿te parecí enfermo? Pues te has equivocado, siempre he tenido este aspecto bohemio y soñador, flaco y barbudo. “Tísico”, dirían algunos, pero fuerte y te aseguro que te hubieras llevado una sorpresa.


Woman with a Book , Pablo Picasso, 1932

15 ago 2010

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agua 1


























Estrategia para deducir el color del agua,
John Berger, 2008
La mujer es vietnamita. De un poco más de cincuenta años. Lleva puesto un traje de baño floral, en un estampado como de chintz inglés.
La gorra de baño es del color del jengibre crudo cortado en rodajas.
Camina desde las duchas públicasobligatorias hacia la pileta municipal cubierta y se queda esperando junto a la escalera corta que baja hasta el agua. La municipalidad es un suburbio de París.
Aparece un hombre vietnamita en short de baño. Es más delgado que ella y un poco más petiso. Podría ser el marido. No sé porqué tengo una pequeña duda al respecto. ¿Será por lo deferente que es con ella? El se sumerge a medias en el agua y ella se sienta sobre sus hombros, mirando hacia el borde de la pileta; luego, él baja con cuidado, hasta que el agua le cubre la cadera y ella se lanza a nadar. Después de nadar, él también, un par de largos, sube por la escalera y sale de la pileta. Todo esto con la mayor discreción y sin intercambiar ni una sola mirada.
Ella sigue nadando más o menos una hora. Mueve y flexiona las piernas con la fuerza de una rana. Cuando el hombre regresa y vuelve a zambullirse, ella se acerca al rincón donde está la escalera, él la ayuda a salir sosteniéndole suavemente el trasero y la pareja se va. Los gestos de él son absolutamente impersonales, discretos y, al mismo tiempo, muy precisos, como si estuvieran llevando a cabo un ritual tradicional. Un ritual transmitido quizás por generaciones.
La mujer se aleja de la esquina de la pileta caminando con la misma soltura que tienen para nadar. ¿O renguea un poco? Vietnam es un país de deltas, de ríos y agua y es posible que allí existan rituales para bañarse que son difíciles de imaginar en tierras más secas. En vietnamés, la palabra “agua” es la misma que “patria”.
¿O será simplemente que tiene miedo de resbalarse en los peldaños de una escalera? Vengo todos los días a la misma hora que ella –el momento en que todos en el suburbio están almorzando y la pileta está relativamente vacía–. Cuando nos cruzamos nos hacemos una leve inclinación de cabeza. Es evidente que a los dos nos gusta el agua. Ella sin embargo se sumerge más que yo, como si para ella el agua fuera más profunda. En vietnamés agua se dice nu’ó’c. En ese rostro ancho, aunque delicado, los ojos rasgados son verdosos y siento que para ella el color del agua de la pileta es levemente menos azul cerúleo que para mí. Para ella contienen un toque más amarillo o luz del sol que lo acerca una mínima fracción al color del agua junto al lejano e incontrovertible Mekong. Los gestos del hombre que acompañan su inmersión y su emersión en la pileta no cambian nunca. A esta altura, ya los conozco perfectamente y podría yo también llevara a cabo ese ritual. Y al decirlo, de golpe me pregunto si acaso alguna vez no lo sustituí.

A diver, paper pool 17, David Hockney, 1978
 

13 may 2010

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Lluvia 2


On Rainy DaysEsteban Diacono, 2008.

Hace días que llueve*

María Soledad Uranga, 2009

Hace días que llueve a cántaros. Y la gata se comió el último grillo que nos mantenía despiertos.

* 1º Premio Museo de la Palabra 2009


4 ene 2010

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familia 4










Aguas grandes, Verónica Carman,1998


 Desesperada, cada tarde, me inclinaba sobre la baranda del balcón que daba a la calle; necesitaba ver a mi marido bajar del tranvía para ahuyentar el miedo. Siempre el mismo tranvía. Durante la espera, ansiosa, recordaba las palabras de la adivina que, años atrás, en mi Alemania natal, me predijo: “En su destino está escrito que cruzará las aguas grandes, tendrá dos hijos y perderá a su marido en manos de un empleado.” Lo que me vaticinó no tenía mucho sentido, en ese momento lo tomé como lo que era: tan sólo invenciones de una gitana.
Quedé huérfana de padre a los once años. Mientras los demás chicos festejaban por las calles el carnaval, yo volvía llorando a mi casa con el reloj y el anillo que mi padre le enviaba a mi madre desde la cama del hospital, fue su último encargo antes de morir. Tuve que ayudar a mi mamá con mis dos hermanitos y empecé a trabajar muy joven, llevando las cuentas en un negocio de telas. Noviaba con el hijo del dueño cuando conocí a un joven ingeniero que me propuso matrimonio. Tenía que tomar una decisión y no tuve mejor idea que consultar a esta adivina que me anunció que dejaría a mi novio por el nuevo candidato. Las cosas comenzaban a cambiar.
Karl obtuvo un contrato para trabajar en Buenos Aires. ¿Buenos Aires? Capital de Argentina. ¿Argentina? País latinoamericano de promisorio futuro; eso era todo lo que sabía del lugar a dónde me llevaba la providencia. Nos casamos en la catedral de Colonia en 1910 y zarpamos de inmediato hacia el río de La Plata. Cruzamos las grandes aguas, con el océano Atlántico en mis ojos, vi como mi vida viraba su rumbo definitivamente.
Tengo que confesar que mi destino me sorprendió. Buenos Aires era pujante y hermosa, todavía lo es. En esta entrañable ciudad amé a mi marido y a mi familia que comenzó a crecer. En 1911 nació Jorge, cuando lo vi tan blanco recordé la piel de mi madre; al año siguiente llegó Elsa, que al verla no tan pálida, la partera exclamó: “¡ésta ya tomó mate!”
A cuatro años de nuestra llegada había terminado el contrato de Karl. Ansiábamos volver a la querida Europa, pero vimos asomar la guerra y decidimos quedarnos en la casita de Banfield. Teníamos una mejor prespectiva con las dos criaturas pequeñas y sin trabajo seguro para mi esposo acá, que la que nos presagiaban si volvíamos a nuestra Alemania.
Después de la segunda guerra no supe nada más de la familia que dejé en Colonia, sólo recibí noticias que retrataban ríos de sangre y destrucción. Mi vida aquí, en cambio, transcurrió tranquila. Pude disfrutar viendo crecer a mis hijos, mientras jugaban en el jardín del fondo con un padre magnífico, al que imaginaba asesinado a cada paso. Cada atardecer de mi vida en Argentina he sentido esa angustia enceguecedora que me invadía inconsolablemente. Lo vi bajar de ese tranvía día tras día, año tras año. Ese instante en el que distinguía a mi hombre, con su bigote con las puntas peinadas hacia arriba, una sonrisa explotaba en mi boca, sentía mis pestañas humedecerse y corría feliz escaleras abajo para abrazarlo con todas mis fuerzas.
Afortunadamente la adivina era una farsante y Karl murió de viejo; yo, desgraciadamente, tuve que padecer ese eterno martirio.
A veces me pregunto si mi amor por él fue tan grande o era mayor el terror que tenía a perderlo...

The Fortune Teller, Thomas Wilmer Dewing,1905

2 ene 2010

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familia 2
























Evasión, Cristina Frigoni, 1998
Marcharse y soñar era tan fácil.
Atravesar la puerta dejando atrás la realidad que pataleaba tratando de llamar nuestra atención ya dispersa. Estábamos pisando la baldosa de los sueños. Era un simple paso, una separación imperceptible que nos transformaba en bellas y admiradas, cultas, distinguidas y soberbias señoritas.
Si hasta nos cambiaba el porte, la mirada. Sonreíamos condescendientes de deracha a izquierda, sin siquiera sentor la humedad que penetraba por la suela rota de nuestros zapatos.
La realidad podía alcanzarnos muy rápidamente si nos cruzábamos con algún vecino o cada vez que volvíamos a traspasar el umbral tan temido. Pero el trayecto de los sueños era nuestro. Lo decían las miradas de admiración que se cruzaban a nuestro paso.
Atesorábamos cada minuto del paseo vespertino de los sábados, el pelo reluciente, las manos cuidadas, apenas rubor en las mejillas y los labios.
Habíamos cosido toda la semana para transformar los viejos trajes del abuelo en trajecitos de gran moda. Y ahí estaba, la emocionante sensación de ser distintas, de haber nacido diferentes en un mundo equivocado.
Era tan fácil que alguna de nosotras no tomó conciencia todavía y se quedó del otro lado del umbral, donde ya se acabaron los paseos de la gente, que la empuja como puerta giratoria y la marea, mientras ella sonríe de derecha a izquierda como entonces, pero ahora.

Las tres princesas de la montaña azul, Humberto Caputi, 1946