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10 feb 2011

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mujer 2
























Cuenta regresiva, Cristina Frigoni, 2009

La chica del asiento de enfrente me mira fijo, le sostengo la mirada con esfuerzo, ella desvía la vista hacia el bebe que no para de llorar en la punta del vagón. Me toco las mejillas, la frente, todo es hueso recubierto con piel y una barba que quiere aflorar y se encarna en la no carne. Palpo mis ojos hundidos, sin pestañas ni cejas. Dejaron de ser celestes, esta mañana al lavarme los dientes los vi descoloridos, casi blancuzcos. No los mira como los contemplaba ella, embelesada, sumida en mi cielo y en mi mar. Cada vez que intentaba entrecerrarlos se tiraba a mi lado para abrir mis párpados. No sé qué buscaba y tampoco qué encontraría ahora, ¿desesperanza, dolor, miedo? Supongo que no más esas miradas de pasión, de encuentro recíproco, de vida plena. ¡¿Qué estará percibiendo esta chica que insiste con su mirada cuando ya no puedo dar nada de eso?! Cruza nerviosa las piernas y abre un libro, yo sé que no lo está leyendo, puedo ver que sus ojos no avanzan por la página. Son bellísimos cuando los despliega hacia mí, oscuros, intensos, cargados de energía. Por favor no te bajes, no dejes de hacer contacto, tus mejillas saludables, tus veinte años me hacen sentir una pizca de curiosidad y consuelo, alguien finalmente repara en mi “triste figura”. El traqueteo del tren me produce un placer que hace mucho no sentía. Suspendido en los olores que me invaden, el vómito del bebe, algun perfume, ropa sucia y ropa limpia, carne palpitante y sudorosa que transita, respira. No te alejes, falta mucho para que me baje y poco para que goce tu calor que me llega en oleadas de jabón barato y agua de colonia. Puedo imaginarte desnuda, contemplándome como ahora, pidiéndome que te someta a mis deseos, que te bese sin pausa, que te acaricie. Me adormece la vibración, los huesos duelen contra el asiento duro pero no importa, sé que vendrás conmigo, recorreremos juntos las tres cuadras que separan la estación de mi casa, te abriré la puerta, encenderé las luces, tengo champagne escondido en algún lado, no importa si no está frío, le pondremos hielo y brindaremos. Mientras beso tus ojos, tu cuello, tu cabeza, te iré desvistiendo lentamente y dejaré mis ropas por el camino. Llegaremos al dormitorio abrazados, jadeantes. Sonrío y te sonrojas, estás adivinando mis deseos, yo los tuyos. Falta muy poco para que nos bajemos de este tren, te avisaré con un guiño y seguirás mis pasos. ¿Adonde vas? Aún falta para llegar, no te levantes. ¿Qué veo en tu mirada ahora? ¿Piedad? ¿Quién te ha pedido nada mujerzuela vulgar y mal vestida? Hubieras pedido permiso para bajar ¿no ves que me has pisado? Se te cae el libro que leías, te lo entrego y me lo arrancás de la mano groseramente. Sabía que te llamaba la atención mi cabeza lisa y mi delgadez. Sádica y perversa como todo el mundo. Ilusa ¿creiste por un instante que me interesabas? ¿te parecí enfermo? Pues te has equivocado, siempre he tenido este aspecto bohemio y soñador, flaco y barbudo. “Tísico”, dirían algunos, pero fuerte y te aseguro que te hubieras llevado una sorpresa.


Woman with a Book , Pablo Picasso, 1932

2 ene 2010

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familia 2
























Evasión, Cristina Frigoni, 1998
Marcharse y soñar era tan fácil.
Atravesar la puerta dejando atrás la realidad que pataleaba tratando de llamar nuestra atención ya dispersa. Estábamos pisando la baldosa de los sueños. Era un simple paso, una separación imperceptible que nos transformaba en bellas y admiradas, cultas, distinguidas y soberbias señoritas.
Si hasta nos cambiaba el porte, la mirada. Sonreíamos condescendientes de deracha a izquierda, sin siquiera sentor la humedad que penetraba por la suela rota de nuestros zapatos.
La realidad podía alcanzarnos muy rápidamente si nos cruzábamos con algún vecino o cada vez que volvíamos a traspasar el umbral tan temido. Pero el trayecto de los sueños era nuestro. Lo decían las miradas de admiración que se cruzaban a nuestro paso.
Atesorábamos cada minuto del paseo vespertino de los sábados, el pelo reluciente, las manos cuidadas, apenas rubor en las mejillas y los labios.
Habíamos cosido toda la semana para transformar los viejos trajes del abuelo en trajecitos de gran moda. Y ahí estaba, la emocionante sensación de ser distintas, de haber nacido diferentes en un mundo equivocado.
Era tan fácil que alguna de nosotras no tomó conciencia todavía y se quedó del otro lado del umbral, donde ya se acabaron los paseos de la gente, que la empuja como puerta giratoria y la marea, mientras ella sonríe de derecha a izquierda como entonces, pero ahora.

Las tres princesas de la montaña azul, Humberto Caputi, 1946

1 ene 2010

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familia 1


Mi madre, Cristina Frigoni, 1999
Castellana dura,
irrefrenable,
vacía de caricias,
encinta de odios
sitiada por rencores
y desprecios.
Castellana alegre
bailarina,
con soles de misterio
en la cabeza
tonadillera de jotas
por las tardes
de chocolate y ensaimadas.
De vida sarmentosa y dura
exiliada de amores
paternos y patriotas
llevada en ancas
por triste mensajero
de desencuentros
traiciones y locura.
Castellana marginada,
por ser castellana pura
por robar caballeros de otra laya
pariendo sangres de mixtura extraña
indignadas de una alcurnia imaginada.
Huyó de su cuerpo la ternura
como fluyendo al mar
profundamente,
peleó mil batallas sin sentido,
había perdido la guerra
desde el alba.
Recuperó con los años
su alegría, su luz, su bohonomia
días y noches por docenas
dieron tregua
a los fantasmas más temidos.
Como idus en Marzo
resurgieron,
volcanes de odio
como un trueno.
Cuando ya nadie esperaba tanta ira
metida en sus entrañas y sus venas
pedazo por pedazo
se entregó al sentimiento
más huraño.
Nunca el amargo resabio
abandonó su cuerpo,
tal vez en su mente
hubo alguna vez
descanso.