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30 oct 2011

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libros



Feria del Libro de Frankfurt 2011
Del 12 al 16 de octubre Capital Intelectual participó en Alemania de la Feria del Libro de Frankfurt. Es el encuentro más importante del mundo dedicado a la industria editorial y está dirigida a editores, agentes literarios y otros personalidades del sector. Fuimos responsables del diseño del catálogo que llevó CAPIN, que incluyó 100 títulos, entre ellos la colección Abelardo Castillo.
El pabellón argentino albergó muestras de arte, literatura, cine, danza, música y teatro. Participaron más de 30 editoriales locales. Se realizaron homenajes a escritores argentinos recientemente fallecidos, como María Elena Walsh, Ernesto Sabato, David Viñas y León Rozitchner. Domingo Faustino Sarmiento fue recordado por el bicentenario de su nacimiento.

5 nov 2010

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infancia 2














Canción de la niñez, Peter Handke, 1992

"Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre,
se sentaba en cuclillas,
tenía un remolino en el cabello,
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.
Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y por qué no tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuando empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño?
Lo que veo y oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que realmente son malos?
¿Cómo puede ser que yo, el que soy,
no fuera antes de devenir, y que un día yo,
el que yo soy, no seré más ese que soy?
Cuando el niño era niño
le costaba tragar las espinacas, los porotos,
el arroz con leche y el coliflor saltado,
y ahora come todo, no sólo por necesidad.
Cuando el niño era niño
alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora, una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, sólo con suerte.
Imaginaba claramente un paraíso,
y ahora, cuando mucho, lo adivina.
No podía pensar una nada,
y hoy, se estremece ante ella.
Cuando el niño era niño
jugaba entusiasmado,
y ahora se concentra como antes
solo cuando se trata de su trabajo.
Cuando el niño era niño
las manzanas y el pan le bastaban de alimento,
y todavía es así.
Cuando el niño era niño
las moran le caían en la mano,
como sólo caen las moras,
y aún es asi todavía;
las nueces frescas le ponían áspera la lengua,
y ahora todavía;
encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta,
y en cada ciudad el anhelo de una ciudad aún más grande,
y siempre es así todavía.
En la copa del árbol tiraba de las cerezas
con igual deleite como hoy todavía;
se asustaba de los extraños,
como todavía se asusta;
esperaba las primeras nieves,
y todavía las espera.
Cuando el niño era niño
lanzó un palo como una lanza contra el árbol,
y hoy vibra ahí todavía."


4 ene 2010

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familia 4










Aguas grandes, Verónica Carman,1998


 Desesperada, cada tarde, me inclinaba sobre la baranda del balcón que daba a la calle; necesitaba ver a mi marido bajar del tranvía para ahuyentar el miedo. Siempre el mismo tranvía. Durante la espera, ansiosa, recordaba las palabras de la adivina que, años atrás, en mi Alemania natal, me predijo: “En su destino está escrito que cruzará las aguas grandes, tendrá dos hijos y perderá a su marido en manos de un empleado.” Lo que me vaticinó no tenía mucho sentido, en ese momento lo tomé como lo que era: tan sólo invenciones de una gitana.
Quedé huérfana de padre a los once años. Mientras los demás chicos festejaban por las calles el carnaval, yo volvía llorando a mi casa con el reloj y el anillo que mi padre le enviaba a mi madre desde la cama del hospital, fue su último encargo antes de morir. Tuve que ayudar a mi mamá con mis dos hermanitos y empecé a trabajar muy joven, llevando las cuentas en un negocio de telas. Noviaba con el hijo del dueño cuando conocí a un joven ingeniero que me propuso matrimonio. Tenía que tomar una decisión y no tuve mejor idea que consultar a esta adivina que me anunció que dejaría a mi novio por el nuevo candidato. Las cosas comenzaban a cambiar.
Karl obtuvo un contrato para trabajar en Buenos Aires. ¿Buenos Aires? Capital de Argentina. ¿Argentina? País latinoamericano de promisorio futuro; eso era todo lo que sabía del lugar a dónde me llevaba la providencia. Nos casamos en la catedral de Colonia en 1910 y zarpamos de inmediato hacia el río de La Plata. Cruzamos las grandes aguas, con el océano Atlántico en mis ojos, vi como mi vida viraba su rumbo definitivamente.
Tengo que confesar que mi destino me sorprendió. Buenos Aires era pujante y hermosa, todavía lo es. En esta entrañable ciudad amé a mi marido y a mi familia que comenzó a crecer. En 1911 nació Jorge, cuando lo vi tan blanco recordé la piel de mi madre; al año siguiente llegó Elsa, que al verla no tan pálida, la partera exclamó: “¡ésta ya tomó mate!”
A cuatro años de nuestra llegada había terminado el contrato de Karl. Ansiábamos volver a la querida Europa, pero vimos asomar la guerra y decidimos quedarnos en la casita de Banfield. Teníamos una mejor prespectiva con las dos criaturas pequeñas y sin trabajo seguro para mi esposo acá, que la que nos presagiaban si volvíamos a nuestra Alemania.
Después de la segunda guerra no supe nada más de la familia que dejé en Colonia, sólo recibí noticias que retrataban ríos de sangre y destrucción. Mi vida aquí, en cambio, transcurrió tranquila. Pude disfrutar viendo crecer a mis hijos, mientras jugaban en el jardín del fondo con un padre magnífico, al que imaginaba asesinado a cada paso. Cada atardecer de mi vida en Argentina he sentido esa angustia enceguecedora que me invadía inconsolablemente. Lo vi bajar de ese tranvía día tras día, año tras año. Ese instante en el que distinguía a mi hombre, con su bigote con las puntas peinadas hacia arriba, una sonrisa explotaba en mi boca, sentía mis pestañas humedecerse y corría feliz escaleras abajo para abrazarlo con todas mis fuerzas.
Afortunadamente la adivina era una farsante y Karl murió de viejo; yo, desgraciadamente, tuve que padecer ese eterno martirio.
A veces me pregunto si mi amor por él fue tan grande o era mayor el terror que tenía a perderlo...

The Fortune Teller, Thomas Wilmer Dewing,1905