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18 jul 2013

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Al ritmo de la bicicleta 4


     El relato de Julio Cortázar sobre las bicicletas publicado en su libro Historias de Cronopios y Famas (1962), denuncia la discriminación y la humillación que padece la bicicleta en ciertos ámbitos, describiéndola como un ser inocente y dócil, poseedor de sencilla espontaneidad:


Vietato introdurre biciclette

     En los bancos y casa de comercio de este mundo a nadie le importa un
pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o
soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi
madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero
apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo
excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras
su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

     Para una bicicleta, entre dócil y de conducta modesta, constituye una
humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen
altaneros delante de las bellas puertas de cristal de la ciudad. Se sabe
que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su
triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de esta
tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: (y
perros), lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de
inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio
entrar en Bunge & Born o en los estudios de abogados de la calle San
Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas
ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los
susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder, pero no es
humillante, primero porque sólo constituye una posibilidad entre muchas,
y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría
maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o
de esmalte, tablas de la ley inexorables que aplastan la sencilla
espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

     De todas maneras, ¡Cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y
dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron
príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No
ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las
astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor
arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y
que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en
veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.


Fotografía: Le Pont Neuf de Brassai

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3 may 2013

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Los libros como puentes 2


En esta 39 edición la ciudad invitada de honor será Amsterdam. Tiene su espacio propio en el Café Amsterdam en el Pabellón Amarillo. Allí, la fundación Letterenfonds, que se dedica a la promoción de la literatura holandesa en el mundo, recreó el espacio íntimo de un café, en el que se presentará una selección de los mejores escritores holandeses contemporáneos. Como parte de la delegación de la Ciudad Invitada de Honor, contaremos con la visita de Maarten Asscher, Douwe Draaisma, Arnon Grunberg, Herman Koch, Cees Nooteboom, Joke van Leeuwen, Wouter van Reek y Frank Westerman. Aquí una muestra de la literatura holandesa:


Encuentro de Cees Nooteboom

“Dos chicos viene hacia mí por el angosto camino que va del mar al pueblo.
Uno de ellos es un adolescente, alto, sin forma aún, su cuerpo entero se bambolea. A su lado, el paso del chico más joven que le sigue resulta mucho más mesurado. Moreno, sureño, romano. No sé calcular su edad, nueve o diez años tal vez, pero me llama la atención su mirada profundamente abstraída. Es imposible saber lo que está viendo en su interior, claro está, pero el misterio de su concentración extrema me incita a dar un salto en el tiempo. ¿Cuánto tiempo hace que yo tenía su edad? ¿Por qué siento que hay algo en él que reconozco? El hombre que soy ahora, transcurridos más de sesenta y cinco años, ¿estaba ya presente en el niño que no recuerdo? La pregunta me rondará la cabeza el resto del día. ¿Existe eso? ¿Otro ser como espejo en el que tu edad desaparece? ¿Por qué tengo la sensación de haberme cruzado conmigo mismo? Y, si no es así, ¿quién es esa persona que pasó a mi lado y que nunca llegaré a conocer?”



Foto de Klaas Koppe
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29 abr 2013

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Los libros como puentes 1


La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2013 es la más grande en el mundo de habla hispana. Este año se celebrará entre los días 25 de abril al 13 de mayo en las instalaciones del predio de La Rural Predio Ferial de Buenos Aires.

El lema de este año es: “Los libros como puentes”. Los puentes unen riberas, ciudades y países. A lo largo de la historia, los libros han demostrado que también son puentes maravillosos: entre abuelos y nietos, entre personas con distintas formaciones, entre ciudadanos de países distantes, entre lectores de la Edad Media y lectores del presente.

Una de las visitas más importantes será la del sudafricano John Maxwell Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003 y autor de libros como “Diario de un mal año”, “Elizabeth Costelo”, “El maestro de Petesburgo”, “Infancia”, “Juventud” y “Verano” entre muchos otros. Visitanos en Facebook: www.facebook.com/Editopia


4 abr 2013

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La novela 4

Cubierta de Secretos y Cenizas, disennada por Editopía.


  




















Si te gusta la novela romántica, te recomendamos el libro Secretos y Cenizas de Mercedes Santos, de la colección Amor Verdadero de Cute Ediciones. En Editopia fuimos responsables del diseño del mismo. A continuación transcribimos el comienzo:

Badajoz. España. Abril de 1738

“Se echó el grueso chal por encima tapándose el cabello cobrizo; se colocó la falda y comprobó que no se dejaba nada. En su mano enguantada llevaba un sobre que apretaba inconscientemente. ¿Podían unas simples líneas cambiar su vida? Definitivamente, sí. Miró por el ventanuco de su celda y aspiró la fragancia del huerto. Era muy temprano, apenas si había comenzado a salir el sol y aún relucían las gotas de rocío, pero la hora intempestiva no impedía que hubiese ya movimiento por los pasillos del convento de Santa Catalina, perteneciente a las Madres Agustinas.

-¡Ummmm! -se removió adormilada aún su compañera-. ¿Te vas? ¿Tan pronto?- le preguntó.

-Sí, Lucía; tengo que hacer algo; sigue durmiendo. Nos vemos esta tarde.
Cerró con sigilo y salió por el portón principal; Carina recorrió a paso ligero las calles polvorientas con las primeras luces del día.” 


Para leer más:  www.facebook.com/AmorVerdaderoCute
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21 mar 2013

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La novela 3

Don Quixote, Salvador Dalí, 1971.

El novelista ingenuo y el sentimental.

A continuación transcribimos un fragmento del comienzo del libro de Orhan Pamuk, El novelista ingenuo y el sentimental, en el que hace referencia a la naturaleza extraordinaria de las novelas:

“Las novelas son segundas vidas. Como los sueños de los que habla el poeta francés Gérard de Nerval, las novelas ponen al descubierto los colores y las complejidades de nuestras vidas y están llenas de gente, rostros y objetos que creemos reconocer. Cuando nos sumergimos en una novela, y al igual que sucede en los sueños, a veces es tan honda la impresión que nos causa la extraordinaria naturaleza de las cosas que leemos, que olvidamos dónde estamos y es como si estuviésemos rodeados de la gente y los acontecimientos imaginarios que estamos presenciando. En esas ocasiones, tenemos la sensación de que el mundo ficticio que descubrimos es más real que el propio mundo real. El hecho de que esas segundas vidas puedan parecernos más reales que la realidad significa a menudo que sustituimos las novelas por la realidad, o al menos que las confundimos con la vida real. Sin embargo, nunca nos quejamos de esta ilusión, de esta ingenuidad. Al contrario, al igual que en algunos sueños, queremos que la novela que estamos leyendo continúe y esperamos que esta segunda vida siga evocando en nosotros un sentido constante de realidad y autenticidad. A pesar de lo que sabemos sobre la ficción, nos enfadamos y nos molesta que una novela no sea capaz de mantener la ilusión de que refleja una vida real.

Al soñar asumimos que los sueños son reales; así son los sueños por definición. De modo que al leer novelas asumimos que son reales, pero en algún rincón de nuestra mente también sabemos que nuestra asunción es falsa. Esta paradoja se deriva de la naturaleza de la novela. Empecemos recalcando que el arte de la novela reside en nuestra capacidad para creer simultáneamente en estados contradictorios.”

Imagen de Salvador Dali

3 ene 2013

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Lectura frente al mar 1



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Las vacaciones de verano son el momento ideal para entregarse a la lectura, ese gran placer que se nos complica durante el año. Descansados en vacaciones hay tiempo para todo y leer resulta más fácil. Ahora bien, ¿en papel o en un dispositivo electrónico? 

Son muchos los que han probado los lectores de e-books y aseguran que jamás volverán al papel. Un dispositivo de este tipo aporta muchas ventajas: se puede llevar toda una colección de libros en el equipo, permite marcar las páginas, incluye en muchos casos diccionarios on-line y pueden sincronizarse con el resto de dispositivos. Si vamos a cruzar el puente y nos vamos a convertir en un lector de libros electrónicos, la pregunta es cuál elegir. Con el iPad se puede disfrutar de la lectura en color y recurrir a las otras prestaciones del producto, que es muy versátil. La desventaja es que la pantalla es retroiluminada al cabo de unas horas la lectura resulta cansadora, en cambio la pantalla monocroma de tinta electrónica del Kindle ofrece una lectura mucho más relajada. Ahora a decidir en que formato preferimos leer, y a sumergirse en la lectura!

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13 dic 2012

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Con los mejores deseos 2


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EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN de Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren.
Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.
Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales.
Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.
No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

— Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

— Mañana y mañana y mañana — murmuró entre dientes —, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

— ¿Un cuento de Navidad? — dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?

Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

— Fue en el verano del setenta y dos — dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

— ¿Eres tú, Robert? — dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

— Sabía que vendrías, Robert — dice —.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

— Está bien, abuela Ethel — dije.
— He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

— Eso es estupendo, Robert — decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

— ¿Volviste alguna vez? — le pregunté.

— Una sola — contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

— Probablemente había muerto.

— Sí, probablemente.

— Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

— Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

— Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

— Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

— La hiciste feliz.Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

— Todo por el arte, ¿eh, Paul?

— Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

— Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

— Sí — dije —.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.

Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

— Eres un as, Auggie — dije.

— Gracias por ayudarme.

— Siempre que quieras — contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

— Supongo que estoy en deuda contigo.

— No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

— Excepto el almuerzo.

— Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.


30 ago 2012

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La mirada de Giacometti 4

























En su libro Mirar, el escritor inglés John Berger hace referencia a la foto de Henri Cartier-Bresson (1965) en la que retrató a Giacometti:
“Una semana después de la muerte de Giacometti, la revista Paris-Match publicó una extraordinaria fotografía que había sido tomada nueve meses antes. En ella aparece Giacometti cruzando solo, bajo la lluvia, una calle de Montparnasse cercana a su estudio. Se protege la cabeza bajo la gabardina, pero sin sacar los brazos de las mangas. Sus hombros encorvados se ocultan bajo la gabardina. El efecto inmediato que produjo esta fotografía en el momento de su publicación se debió a que mostraba la imagen de un hombre extrañamente despreocupado por su bienestar. Un hombre que llevaba unos pantalones arrugados y unos zapatos viejos, mal preparado para la publicidad, para la lluvia. Un hombre cuyas preocupaciones no tenían en cuenta el cambio de las estaciones. Pero lo que hace que esta fotografía sea extraordinaria es que sugiere mucho más sobre el carácter de Giacometti. La gabardina parece prestada. Se diría que no lleva nada debajo, salvo los pantalones. Tiene el aspecto de un superviviente, pero no en un sentido trágico. Está hecho a la situación; ‘como un monje’, diría yo, especialmente dado que la forma en que se cubre la cabeza con la gabardina sugiere una capucha frailuna. Llevaba su pobreza simbólica con mucha más naturalidad que la mayoría de los monjes.”
[extracto del ensayo Giacometti]

23 ago 2012

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La mirada de Giacometti 3


“Desde siempre la escultura, la pintura o el dibujo han sido para mí medios para comprender mi propia visión del mundo exterior, y sobre todo del rostro y del conjunto del ser humano. O, dicho de una forma más sencilla, de mis semejantes, y sobre todo de aquellos que, por un motivo u otro, están más cerca de mí.
La realidad nunca ha sido para mí un pretexto para crear obras de arte, sino el arte un medio necesario para darme un poco más cuenta de lo que veo. Por tanto, mi concepción del arte es totalmente tradicional.
Dicho esto, sé que me es completamente imposible modelar, pintar o dibujar una cabeza, por ejemplo, tal y como la veo, y sin embargo es lo único que intento hacer. Todo lo que yo pueda hacer no será sino una pálida imagen de lo que veo y mi éxito estará siempre por debajo de mi fracaso, o tal vez el éxito siempre igualará al fracaso. No sé si trabajo para hacer algo o para saber algo, porque no puedo hacer lo que quisiera.
Puede que todo esto sólo sea una manía cuyas causas ignoro o una compensación por una deficiencia en alguna parte. En todo caso, ahora me doy cuenta de que su pregunta es demasiado amplia o demasiado general para que yo pueda responderla de manera precisa. Con esta simple pregunta usted lo pone todo en tela de juicio, ¿cómo responderla?”
Alberto Giacometti, Escritos

16 ago 2012

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La mirada de Giacometti 2

























Jean-Paul Sartre: “Derriere le miroir”, 1957


“Una exposición de Giacometti es un pueblo. Esculpe unos hombres que se cruzan por una plaza sin verse; están solos sin remedio y, no obstante, están juntos; van a perderse para siempre, pero no podrían hacerlo si no se hubiesen buscado. Giacometti, cuando ha escrito sobre uno de sus grupos, ha definido su universo mejor de lo que yo podría hacerlo. Ha dicho que este universo le recordaba “una parte del bosque vista durante muchos años y cuyos árboles de troncos desnudos y esbeltos… siempre se me asemejaban a unos personajes inmovilizados en su andar y que se hablaban”. ¿Y qué puede ser, en consecuencia, esta distancia circular –que únicamente la palabra puede atravesar– sino la noción negativa, el vacío. Giacometti, irónico, desafiante, ceremonioso y tierno, ve en todas partes el vacío. No en todas partes, se podrá decir: hay objetos que se tocan. Pues precisamente Giacometti no está seguro de nada, ni de eso siquiera, pues semana tras semana, totalmente fascinado, ha visto cómo las patas de una silla no tocaban el suelo. Los puentes están rotos entre los hombres, entre las cosas; el vacío se hace presente aquí y allí: cada criatura oculta su propio vacío. Giacometti  ha llegado a ser escultor, porque tiene la obsesión del vacío. Acerca de una de sus estatuillas dice: “Soy yo, andando rápidamente en una calle envuelta por la lluvia”…
Giacometti es escultor porque lleva sobre sí su vacío a la manera que un caracol porta su caparazón, porque quiere darlo a conocer en todas sus facetas y dimensiones. Y tan pronto puede vérsele acomodado con ese destierro minúsculo que le acompaña permanentemente,  como  horrorizado ante él…
En otro lugar he intentado mostrar que Giacometti llegaba a la escultura como un pintor, puesto que daba a una figurilla de yeso el mismo tratamiento que si se tratase  del personaje de un cuadro: las estatuillas reciben una distancia imaginaria y fija. Puedo decir, a la inversa, que llega a la pintura como escultor, pues quisiera hacernos admitir como un vacío verdadero el espacio imaginario limitado por el marco…
¿Cómo pintar el vacío? Nadie, antes de Giacometti, lo ha intentado. En los últimos quinientos años, los cuadros están llenos a rebosar: todos los objetos del universo figuran en ellos. Giacometti comienza por expulsar al mundo de sus lienzos: su hermano Diego, completamente solo, en la inmensidad de un hangar: ya es bastante…
El arte de Giacometti es comparable al de un prestidigitador: sufrimos su engaño y somos sus cómplices. […] Giacometti ha comprendido hace mucho que los artistas trabajan en el dominio de lo imaginario y que nuestras creaciones son engañosas.”


21 jun 2012

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Bradbury 3

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Por Neil Gaiman
La semana pasada, en una cena, un amigo me contó que había conocido a Ray Bradbury cuando tenía 11 o 12 años. Cuando Bradbury supo que quería ser escritor, lo invitó a su oficina y se pasó medio día diciéndole lo que es importante: que si quería ser escritor, debía escribir. Todos los días. Tuviera ganas o no. Que uno no puede escribir un libro y parar. Que es trabajo, pero el mejor tipo de trabajo. Mi amigo creció y se convirtió en escritor, de los que escriben y viven de lo que escriben. Ray Bradbury era el tipo de persona que le daba la mitad de su día a un chico que quería ser escritor cuando fuera grande. (...)
Hablaba de alegría y de amor. Hablaba sobre seguir siendo un niño por dentro (decía que tenía memoria fotográfica y que recordaba cosas que había visto cuando era un bebé, y quizá decía la verdad). Era amoroso y gentil, tenía esa amabilidad del Medioeste que es algo positivo y no la ausencia de personalidad. Era entusiasta y parecía que ese entusiasmo lo iba a mantener vivo por siempre. Le gustaba la gente, le gustaba de verdad. Hizo de este mundo un lugar mejor, dejó mejores lugares en este mundo: las arenas rojas y los canales de Marte, las Noches de Brujas del Medioeste y los pueblos chicos y las ferias tenebrosas. “Si uno mira su vida, se da cuenta de que el amor es la respuesta a todo”, dijo una vez en una entrevista. Le dio a la gente muchas razones para amarlo. Y nosotros lo amamos.

Ilustración: Lou Romano

14 jun 2012

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Bradbury 2


En La feria de las tinieblas hay una pequeña aparición de un personaje de la infancia de Ray Bradbury: Mr Eléctrico. Era un artista de la feria ambulante Dill Brothers Combined Shows que llegó a Waukegan en 1932.
En aquella época solían pasar muchos circos por Illinois y el pequeño
Ray se fascinaba con el misterio que poseían. El truco más importante
de Mr. Eléctrico era la silla eléctrica: sentado en ella su ayudante bajaba
una palanca para que la electricidad pasara por su cuerpo mientras
se le erizaban los pelos y sacaba rayos de sus ojos. Cuando Ray lo vio
quedó fascinado.
Pero al día siguiente tuvo una mala noticia: su tío favorito había muerto y debía ir a su funeral. Cuando volvía del cementerio con sus padres, alcanzó a ver las carpas del circo y le pidió a su padre que parara el auto. Salió corriendo, escapando de la muerte y regresando a la vida.
Mr. Eléctrico estaba sentado en un banco y le pidió que le enseñara algunos trucos de magia. Mr. Eléctrico lo hizo y después lo llevó a conocer a los integrantes de la feria. El primero que vieron fue el hombre tatuado que más tarde sería “El hombre ilustrado”, luego le presentó al hombre forzudo, a la mujer gorda, al enano y a los trapecistas. Fueron a caminar y
Mr. Eléctrico
le dijo a Ray: “Me alegro de que hayas vuelto a mi vida. Fuiste mi mejor amigo en París en 1918. Te vi morir en mis brazos en las Ardennes. Me alegra que hayas vuelto al mundo. Tenés una cara y un nombre diferentes, pero la luz que brilla en tu rostro es la misma”.
Años después, Bradbury se preguntaba por qué le había dicho eso.
“A lo mejor tenía un hijo muerto, o se sentía solo, o me estaba haciendo una extraña broma. A lo mejor vio la intensidad con la que yo vivía.
Lo que sé es que, cuando me fui, me acerqué al carrusel que tocaba Beautiful Ohio y me puse a llorar. Me sentí cambiado. Ese hombre me dio importancia, inmortalidad, un regalo místico. Volví a casa y empecé a escribir. Nunca paré”.

www.theparisreview.org - Sam Weller

7 jun 2012

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Bradbury 1


No era devoto de la tecnología, no manejaba ni le gustaba viajar en avión, sin embargo se adueñó del espacio y del futuro de la vida en la Tierra como pocos. Unió su nombre a Marte para siempre con Crónicas marcianas. Nunca más se podrá quemar un libro sin pensar en Fahrenheit 451. 
En la foto que ilustra este post se puede ver una colección de comics basados en la obra de Bradbury que editó Byron Preiss Visual Publications NY. Verónica Carman, del equipo de Editopia, integró el equipo que editó este proyecto.
La ciencia misma explica fenómenos con su teoría del “efecto mariposa”.
Y sin embargo, se negaba a ser considerado un escritor de ciencia ficción. Entusiasta irrenunciable, autor de decenas de libros que esconden –todos– algo memorable, lírico, elegíaco, tan cerca de una galaxia remota como de Huckleberry Finn, quizás el secreto de Ray Bradbury sea que convirtió sus propios libros en máquinas del tiempo perfectas que, sin importar los escenarios, los planetas ni los años, viajan siempre al mismo lugar: la infancia perdida. Quizá por eso miles de chicos entraron a la literatura por sus libros y muchos –hoy escritores reconocidos– decidieron quedarse a vivir ahí y sentarse a escribir. A los 91 años, murió el único humano que llegó a Marte.

Pagina 12 / Radar