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16 dic 2015

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Biblioteca 16

Luis Borges, Ferdinando Scianna, 1984.

Por qué leer a los clásicos

Italo Calvino

Fragmento

Jorge Luis Borges
Leyendo a Borges he tenido a menudo la tentación de formular una poética del escribir breve, elogiando su primacía sobre el escribir largo, contraponiendo los dos órdenes mentales que la inclinación hacia el uno y hacia el otro presupone, por temperamento, por idea de la forma, por sustancia de los contenidos. Me limitaré por ahora a decir que la verdadera vocación de la literatura italiana, la que preserva sus valores en el verso o la frase en que cada palabra es insustituible, se reconoce más en el escribir breve que en el escribir largo.

Para escribir breve, la invención fundamental de Borges, que fue también la invención de sí mismo como narrador, el huevo de Colón que le permitió superar el bloqueo que le había impedido, hasta los cuarenta años, pasar de la prosa ensayista a la prosa narrativa, fue fingir que el libro que quería escribir estaba ya escrito, escrito por otro, por un hipotético autor desconocido, un autor de otra lengua, de otra cultura, y describir, recapitular, reseñar ese libro hipotético. Forma parte de la leyenda de Borges la anécdota de que cuando apareció en la revista Sur el primer y extraordinario cuento escrito con esa fórmula, El acercamiento a Almotásim, se creyó que era realmente una reseña del libro de un autor indio. Así como forma parte de los lugares obligados de la crítica sobre Borges observar que cada texto suyo duplica o multiplica el propio espacio a través de otros libros de una biblioteca imaginaria o real, lecturas clásicas o eruditas o simplemente inventadas. Lo que más me interesa señalar aquí es que con Borges nace una literatura elevada al cuadrado y al mismo tiempo una literatura como extracción de la raíz cuadrada de sí misma: una «literatura potencial», para usar una expresión que se desarrollará más tarde en Francia, pero cuyos preanuncios se pueden encontrar en Ficciones, en los puntos de partida y fórmulas de las que hubieran podido ser las obras de un hipotético Herbert Quain.

Que para Borges sólo la palabra escrita tiene plena realidad ontológica, y que las cosas del mundo existen para él sólo en cuanto remiten a cosas escritas, ha sido dicho muchas veces; lo que quiero subrayar aquí es el circuito de valores que caracteriza esta relación entre mundo de la literatura y mundo de la experiencia. Lo vivido se valora en la medida en que se inspira en la literatura o en que repite arquetipos literarios: por ejemplo, entre una empresa heroica o temeraria de un poema épico y una empresa análoga vivida en la historia antigua o contemporánea, hay un intercambio que lleva a identificar y comparar episodios y valores del tiempo escrito y del tiempo real. En este cuadro se sitúa el problema moral, siempre presente en Borges como un núcleo sólido en la fluidez e intercambiabilidad de los escenarios metafísicos. Para este escéptico que parece degustar ecuánimemente filosofías y teologías sólo por su valor espectacular y estético, el problema moral vuelve a presentarse idénticamente, de un universo a otro, en sus alternativas elementales de coraje y vileza, de violencia provocada y sufrida, de búsqueda de la verdad. En la perspectiva borgiana, que excluye todo espesor psicológico, el problema moral aflora simplificado y casi en los términos de un teorema geométrico, en el que los destinos individuales trazan un diseño general que cada uno, antes de escoger, debe reconocer. Pero las suertes se deciden en el rápido tiempo de la vida real, no en el fluctuante tiempo del sueño, no en el tiempo cíclico o eterno del mito.


#ItaloCalvino #JorgeLuisBorges #literatura 

12 nov 2015

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Biblioteca 15

Reading, Lucian Freud, 1997
Otra obra de Italo Calvino que muestra la influencia borgiana es Si en una noche de invierno un viajero. Calvino se basó en la distorsión del rol del autor de Borges. Es una novela organizada del siguiente modo: entre los doce capítulos numerados con números romanos se hallan intercalados diez capítulos con título, que son los comienzos de novelas interrumpidas y que pueden funcionar como relatos independientes entre sí. Es un relato que se interrumpe a sí mismo, compuesta por novelas que se cortan y que de alguna manera se abren unas a otras para sugerir un vasto sistema de narraciones inacabadas que se interconectan y en los que las interrupciones pasan a ser la trama de la misma. 

Tiene un guiño a la literatura árabe y en el mismo texto menciona a Las mil y una nochesPretende mantener al lector atento como al comienzo del relato. El libro que el anhela escribir no sólo debe contener todos los libros, sino todas las posibilidades imaginables. La Biblioteca de Babel de Borges imagina al universo como una biblioteca de galerías infinitamente ampliadas cuyos volúmenes contienen todas las combinaciones posibles de los veinte símbolos ortográficos, lo que significa que en algún lugar de sus estantes hay un texto que contiene todo. 

Sobre ella dijo Calvino: “Es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza diez veces a leer un libro que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar. Tuve que escribir, pues, el inicio de diez novelas de autores imaginarios, todos en cierto modo distintos de mí y distintos entre sí: una novela toda sospechas y sensaciones confusas; una toda sensaciones corpóreas y sanguíneas; una introspectiva y simbólica; una revolucionaria existencial; una cínico-brutal; una de manías obsesivas; una lógica y geométrica; una erótico-perversa; una telúrico-primordial; una apocalíptica alegórica. Más que identificarme con el autor de cada una de las diez novelas, traté de identificarme con el lector.” 


Borges y Calvino podrían ser dos viajeros en el mismo camino que nunca se encuentran. Ambos construyen sus ficciones, que tienden a ser pequeñas estructuras para producir perturbaciones lógicas, cognitivas y ontológicas. 

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#ItaloCalvino #JorgeLuisBorges #literatura #libro

8 oct 2015

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Biblioteca 14

Italo Calvino y Jorge Luis Borges.
El libro de Italo Calvino Las ciudades invisibles remite a las obras de Jorge Luis Borges. Esta narración contiene descripciones cortas de ciudades inventadas, según lo relatado por Marco Polo a Kublai Khan. El lector avanza sobre sus páginas, fascinado por el bello estilo del autor. Borges escribió volúmenes similares como Cuentos Extraordinarios y el Libro de Seres Imaginarios, fragmentos breves sin una historia.

Como Borges, Calvino es un gran erudito. Sus bocetos de ciudades están llenos de curiosidades recogidas en sus viajes, de modo que el libro es una valija que desborda información e imágenes.
Borges utilizó fuentes de todo el mundo, incorporando una visión global que no era común en ese momento. 

Calvino utiliza su conocimiento para estimularnos a ver las cosas cotidianas con nuevos ojos. En un fragmento del libro Marco Polo analiza la madera en un tablero de ajedrez para Kublai Khan:
“La plaza en que se fija su mirada iluminada fue cortada del anillo de un tronco que creció en un año de sequía: ¿ves cómo se arreglan sus fibras? Aquí se puede distinguir un nudo apenas insinuado: un brote trató de brotar en un prematuro día de primavera, pero la helada de la noche lo obligó a desistir ...Aquí hay un poro más grueso: tal vez fue un nido de larvum; No un gusano, porque, una vez nacido, habría comenzado a cavar, pero una oruga que roía las hojas y fue la causa de que el árbol fuera elegido para cortar... ” El padre de Calvino era agrónomo y su madre licenciada en ciencias naturales. 

Escribió Calvino sobre Borges:
Empezaré por el motivo de adhesión más general, es decir el haber reconocido en Borges una idea de la literatura como mundo construido y gobernado por el intelecto. Esta idea va contra la corriente principal de la literatura mundial de nuestro siglo, que toma en cambio una dirección opuesta, es decir quiere darnos el equivalente de la acumulación magmática de la existencia en el lenguaje, en el tejido de los acontecimientos, en la exploración del inconsciente...”


Borges aborda historias hasta sus elementos esenciales, en un intento de llegar a la esencia de lo que hace una historia: “El resto es ilustración episódica ... o adorno verbal afortunado o inoportuno.”
Ambos autores tienen una gran habilidad para capturar un momento en el tiempo y permitir que la imaginación visual del lector se depliegue. 

Al escribir obras tan fragmentarias, podríamos suponer que Borges y Calvino estaban en la vanguardia de un nuevo movimiento literario. Sus pasajes cortos, sin duda, remiten como se escriben las entradas de un blog hoy. 

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#ItaloCalvino #JorgeLuisBorges #literatura #libro 


18 dic 2014

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Biblioteca 4

Un general en la biblioteca

Italo Calvino, La dulce bonanza de las Antillas, 1993.


En Panduria, nación ilustre, una sospecha se insinuó un día en la mente de los altos oficiales: la de que los libros contenían opiniones contrarias al prestigio militar. En realidad, de procesos y encuestas se desprendía que esta costumbre ya tan difundida de considerar a los generales como gente que también puede equivocarse y aun provocar desastres, y las guerras como algo a veces diferentes de las radiantes cabalgatas hacia destinos gloriosos, era compartida por gran cantidad de libros modernos y antiguos, pandurios y extranjeros. 

El Estado Mayor de Panduria se reunió para hacer un balance de la situación. Pero no sabían por dónde empezar, porque en materia de bibliografía ninguno de ellos, era ducho. Se nombró una comisión investigadora, mando del general Fedina, oficial severo y escrupuloso. La comisión examinaría todos los libros de la biblioteca más grande de Panduria. 

Estaba esta biblioteca en un antiguo palacio lleno de esclareas y columnas, desconchado y decrépito por aquí y por allá. Sus frías salas estaban atestadas de libros, repletas, en parte impracticables, sólo los ratones podían explorarlas en todos sus rincones. El presupuesto del Estado pandurio, sobrecargado con ingentes gastos militares, no podía proporcionar ninguna ayuda. 

Los militares tomaron posesión de la biblioteca una mañana lluviosa de noviembre. El general se apeó de su caballo, retacón, sacando pecho, con su gruesa nuca afeitada, las cejas fruncidas sobre pinche-nez, de un automóvil bajaron cuatro tenientes larguiruchos, el mentón alto y los parpados bajos, cada uno con su portafolio en la mano. Después venía una cuadrilla de soldados que acamparon en el antiguo patio con mulos, balas de heno, tiendas, cocinas, radios de campaña y estandartes. 

Se pusieron centinelas en las puertas y un cartel que prohibía la entrada, “debido a loas grandes maniobras y mientras duraran las mismas”. Era un expediente para que la investigación se pudiera realizar en el mayor secreto. Los estudiosos que solían llegar a la biblioteca todas las mañana, con los abrigos puestos, bufandas y pasamontañas para no congelarse, tuvieron que volverse atrás. Perplejos, se preguntaban: 

- ¿Cómo? ¿Grandes maniobras en una biblioteca? ¿No irán a desordenarla? ¿Y la caballería? ¡Y harán también ejercicios de tiro! 

Del personal de la biblioteca sólo quedó un viejecito, el señor Crispino, reclutado para que explicase a los oficiales la localización d los volúmenes. Era un tipo bajito, con el cráneo calvo como un huevo y ojos como cabeza de alfiler detrás de las gafas con patillas. 

El general Fedina se preocupó ante todo de la organización logística, porque las órdenes eran que l comisión no saliera de la biblioteca antes de haber llevado a su término la investigación; era un trabajo que requería concentración y no debía distraerse. Se procuraron suministros de víveres, alguna estufa del cuartel, una provisión de leña, a la que se añadió alguna colección de viejas revistas consideradas poco interesantes. Nunca había hecho tanto calor en la biblioteca en aquella estación. En lugares seguros, rodeados de trampas para los ratones, se colocaron los catres donde el general y sus oficiales dormirían. 

Después se procedió a la adjudicación de las tareas. Se asignó a cada uno de los tenientes determinada rama del saber, determinados siglos de historia. El general controlaría la clasificación de los volúmenes y los sellos diferentes aplicados según el libro fuera declarado legible para los oficiales, los suboficiales, la tropa, o bien denunciado al Tribunal Militar. 

Y la comisión comenzó su servicio. Todas las noches la radio de campaña transmitía el informe del general Fedina al comando supremo. “Examinados, tantos volúmenes. Considerados sospechosos, tantos”. Rara vez aquellas frías cifras iban acompañadas de alguna comunicación extraordinaria: la petición de un par de gafas de présbita para un teniente que había roto las suyas, la noticia de que un mulo se había comido un raro códice de Cicerón que había quedado sin custodia. 

Pero iban madurando acontecimientos de mucha mayor importancia, de los que la radio de campaña no transmitía noticias. La selva de libros, antes que ralear, parecía cada vez más enmarañada e insidiosa. Los oficiales se habrían perdido si no hubiese sido por la ayuda del señor Crispino. Por ejemplo, el teniente Abrogati se ponía de pie como por un resorte y arrojaba sobre la mesa el volumen que estaba leyendo: 

- ¡Pero es inaudito! ¡Un libro sobre las guerras púnicas que habla bien de los cartagineses y crítica los romanos! ¡Hay que hacer enseguida la denuncia! 

(Es preciso decir que los pandurios, con razón o sin ella, se consideraban descendientes de los romanos) Con paso silencioso en sus pantuflas afelpadas, se le acercaba el viejo bibliotecario. 

-Y eso no es nada - decía-. Lea aquí, siempre sobre los romanos, lo que se escribe, podrá dejar constancia en el informe también de eso. Y esto, y eso - y le sometía una pila de volúmenes. 

Un teniente empezaba a hojear los volúmenes, nerviosos, después, más interesado, leía, tomaba notas. Y se rascaba la cabeza, farfullando: 

- ¡Demonios! ¡Pero cuántas cosas se aprenden! ¡Quién lo hubiera dicho! 

El señor Crispino se desplazaba hacia el teniente Lucchetti que cerraba untoso con furia, diciendo: 

-¡Muy bonito! ¡Aquí tienen el coraje de expresar dudas sobre la pureza de los ideales de las Cruzadas! ¡Sí señor, de las cruzadas! 

Y el señor Crispino, sonriendo: 

-Ah, mire que, si tiene que hacer un informe sobre ese tema, puedo sugerirle algún otro libro donde encontrará más detalles- y le bajaba medio anaquel. 

El teniente Lucchetti arremetía y durante una semana se lo oía hojear y murmurar: 

-¡Pero hay que ver, estas Cruzadas, qué historia! 

En el comunicado vespertino de la comisión, la cantidad de libros examinados era cada vez mayor, pero ya no se transmitía ningún dato sobre los veredictos positivos o negativos. Los sellos del general Fedina quedaban sin usar. Si, tratando de controlar el trabajo de los tenientes, preguntaba a uno de ellos: “¿Pero cómo has dejado pasar esta novela? ¡La tropa queda mejor parada que los oficiales! ¡Es un autor que no respeta el orden jerárquico!”, el teniente le contestaba citando otros autores, enredándose en razonamientos históricos, filosóficos y económicos. Se producían discusiones generales que duraban horas y horas. El señor Crispino, silencioso en sus pantuflas, casi invisible con su guardapolvo gris, intervenía siempre en el momento justo, con un libro que a su entender contenía detalles interesantes sobre el tema en cuestión y que siempre producía el efecto de poner en crisis las convicciones del general Fedina. 

Entre tantos los soldados poco tenían que hacer y se aburrían. Uno de ellos, Barabasso, el más instruido, pidió a los oficiales un libro para leer. Quisieron darle sin más uno de los pocos que ya había sido declarados legibles para la tropa; pero pensando en los miles de volúmenes que aún quedaban por examinar, al general no le pareció bien que las horas de lectura del soldado Barabasso fueran horas perdidas para los fines del servicio, y le dio un libro que estaba por examinar, una novela que parecía fácil, aconsejada por el señor Crispino. Una vez leído Barabasso debía informar al general. 

Otros soldados también pidieron y consiguieron lo mismo. El soldado Tommasone leía en voz alta a un camarada analfabeto, y éste daba su parecer. En las discusiones generales empezaron a participar también los soldados. 

Sobre la consecución de los trabajos de la comisión no se conocen muchos detalles: lo que sucedió en la biblioteca durante las largas semanas invernales no fue objeto de informe. El hecho es que el Estado Mayor de Panduria llegaban cada vez menos informes radiofónicos del general Fedina, hasta que llegó el momento en que dejaron de llegar por completo. El comando supremo empezó a alarmarse; transmitió la orden de concluir la investigación cuanto antes y de presentar una relación exhaustiva. 

La orden llegó a la biblioteca cuando en el alma de Fedina y de sus hombres luchaban sentimientos encontrados: por un lado descubrían a cada momento nuevas curiosidades que satisfacer, iban tomando gusto a aquellas lecturas y aquellos estudios como jamás lo hubieran imaginado, por otro lado no veían la hora de volver con las gentes, de retomar contacto con la vida que les parecía ahora mucho más compleja, casi renovada ante sus ojos, y por otro más, al acercarse el día en que deberían abandonar la biblioteca, se sentían llenos de aprensión, porque debían rendir cuentas de su misión, y con todas las ideas que les brotaban en la cabeza ya no sabían cómo salir del atolladero. 

Por la noche miraban desde los vitrales los primeros brotes en las ramas iluminadas por el crepúsculo, y las luces de la ciudad que se encendían, mientras uno de ellos leía en voz alta los versos de un poeta. Fedina no estaba con ellos: había dado orden de que lo dejaran solo en su mesa, porque debía redactar la relación final. Pero de vez en cuando se oía sonar la campanilla y la voz que llamaba: ¡Crispino! ¡Crispino!. No podía seguir adelante sin la ayuda del viejo bibliotecario, y terminaron por sentarse a la misma mesa y redactar juntos la relación. 

Por fin una buena mañana la comisión salió de la biblioteca y fue a informar al comando supremo, y Fedina ilustró los resultados de la investigación delante del Estado Mayor reunido. Su discurso fue una especie de compendio de la historia de la humanidad, desde los orígenes hasta nuestros días, en la que todas las ideas más indiscutibles para los bien pensantes de Panduria eran criticadas, las clases dirigentes denunciadas como responsables de las desventuras de la patria, el pueblo exaltado como víctima heroica de guerras y políticas equivocadas. Fue una exposición un poco confusa, con afirmaciones a menudo simplistas y contradictorias, como ocurre a quien ha abrazado hace poco nuevas ideas. Pero sobre el significado general no cabían dudas. La asamblea de los generales de Panduria palideció, desencajó los ojos, recuperó la voz, gritó. El general no pudo terminar siquiera. Se habló de degradación, de proceso. Después, por temor a escándalos más graves, el general y los cuatro tenientes fueron declarados en retiro por motivos de salud, debido a un grave agotamiento nervioso contraído durante el servicio. Vestidos de paisanos, se los veía entrar a menudo, con sus abrigos y arropados para no congelarse, en la vieja biblioteca donde los esperaba el señor Crispino con sus libros.


#ItaloCalvino # biblioteca #libro #cuento

4 feb 2014

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Mirlo 2


Palomar, Italo Calvino, 1983

El silbido del mirlo

   El señor Palomar tiene esta suerte: pasa el verano en un lugar donde cantan muchos pájaros. Mientras sentado en una perezosa «trabaja» (en realidad tiene otra suerte: poder decir que trabaja en lugares y posiciones que parecerían del descanso más absoluto; o mejor dicho, sufre esta condena: se siente obligado a no dejar nunca de trabajar, aun tendido bajo los árboles una mañana de agosto), los pájaros invisibles entre las ramas despliegan a su alrededor un repertorio de manifestaciones sonoras de lo más variadas, lo envuelven en un espacio acústico irregular y discontinuo y erizado, pero en el que se establece el equilibrio entre varios sonidos, ninguno de los cuales sobresale de los otros por su intensidad o frecuencia, y todos se entretejen en una urdimbre homogénea, sostenida no por la armonía sino por la ligereza y la transparencia. Hasta que a la hora más caliente la feroz multitud de los insectos impone su dominio absoluto sobre las vibraciones del aire, ocupando sistemáticamente las dimensiones del tiempo y del espacio con el martilleo ensordecedor y sin pausa de las cigarras.

   El canto de los pájaros ocupa una parte variable de la atención auditiva del señor Palomar: a veces lo aleja como una componente del silencio de fondo, a veces se concentra en distinguir canto por canto, reagrupándolos en categorías de complejidad creciente: gorgoritos puntiformes, trinos de dos notas, una breve una larga, silbos breves y vibrados, borboteos, cascadas de notas que bajan hiladas y se detienen, rizos de modulaciones que se curvan sobre sí mismas, y así hasta los gorjeos.



www.editopia.com.ar#creatividad #hombre #Italo Calvino #lectura #literatura  

7 nov 2013

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color 1


Heavy-CirclesWassily Kandinsky, 1927.
Las Cosmicómicas, Italo Calvino, 1965
Sin colores
Antes de que se formaran la atmósfera y los océanos, la Tierra debía tener el aspecto de una pelota gris rodando en el espacio. Como ahora la Luna: allí donde los rayos ultravioletas irradiados por el Sol llegan sin filtrarse, los colores quedan destruidos; por eso las rocas de la superficie lunar, en vez de ser coloreadas como las terrestres, son de un gris muerto y uniforme. Si la Tierra muestra un rostro multicolor es gracias a la atmósfera que filtra esa luz mortífera.
Un poco monótono confirmó Qfwfq- pero sedante. Recorría millas y millas a toda velocidad como cuando no hay aire de por medio, y no veía más que gris sobre gris. Ningún contraste neto: el blanco verdaderamente blanco, si lo había, estaba en el centro del Sol y no era posible siquiera acercársele con la mirada; negro verdaderamente negro, no había ni siquiera la oscuridad de la noche, dada la gran cantidad de estrellas siempre a la vista. Se me abrían horizontes no interrumpidos por cadenas montañosas que apenas acertaban a despuntar, grises en torno a grises llanuras de piedra; y por más que atravesara continentes y continentes, no llegaba nunca a una orilla, porque océanos y lagos y ríos yacían quién sabe dónde bajo tierra.
Los encuentros en aquellos tiempos escaseaban: ¡éramos tan pocos! Con los ultravioletas, para poder resistir no había que tener demasiadas pretensiones. La falta de atmósfera sobre todo se hacía sentir de muchas maneras; vean por ejemplo los meteoros: granizaban desde todos los puntos del espacio, porque faltaba la estratosfera en la que golpean ahora como en un techo, desintegrándose. Además, el silencio: ¡Inútil gritar! Sin aire que vibrara, éramos todos mudos y sordos. ¿Y la temperatura? No había nada alrededor que conservase el calor del Sol; y al caer la noche, hacía un frío de quedarse duro. Afortunadamente, la corteza terresere se calentaba desde abajo, con todos aquellos minerales fundidos que iban comprimiéndose en las entrañas del planeta; las noches eran cortas (como los días: la Tierra giraba más velozmente sobre sí misma); yo dormía abrazado a una roca caliente, caliente; el frío seco, alrededor, daba gusto. En una palabra, en cuanto a clima, para ser sincero, yo personalmente no me encontraba demasiado mal.


#Italo Calvin #literatura #Las Cosmicómicas #color 


8 feb 2013

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Lectura frente al mar 4


Esta es una propuesta de lectura de un relato del libro de Italo Calvino Mundo escrito y mundo no escrito, sobre el comportamiento del buen lector de vacaciones con el que muchos se sentirán identificados.

Los buenos propósitos


El Buen Lector espera las vacaciones con impaciencia. Para las semanas que pasará en una solitaria localidad marítima o montañosa, ha reservado cierto número de lecturas de las que más le gustan y saborea por anticipado el placer de las siestas a la sombra, el crujir de las páginas, el abandonarse a la fascinación de otros mundos a través de las tupidas líneas de los capítulos.

En cuanto se acercan las vacaciones, el Buen Lector se da una vuelta por las librerías, hojea, olfatea, se lo piensa, vuelve al día siguiente y compra; en su casa saca de las estanterías volúmenes aún intactos y los alinea entre los sujetalibros de su escritorio.

Es la época en que el alpinista sueña con la montaña que pronto escalará, y también el Buen Lector elige su montaña para dejarse la piel en ella. Por poner un ejemplo, se trata de uno de los grandes novelistas del siglo XIX, del que nunca podrá decirse que se ha leído todo, o cuya mole siempre impuso un poco de respeto al Buen Lector, o cuyas lecturas hechas en épocas y edades dispares dejaron unos recuerdos demasiado confusos. Este verano, por fin, el Buen Lector, está decidido a leer de verdad a este autor; quizá no pueda leerlo todo durante las vacaciones, pero en esas semanas atesorará una base inicial de lecturas fundamentales, y después, durante el resto del año, podrá colmar fácilmente y sin prisa sus lagunas. Entonces buscará las obras que pretenda leer en sus versiones originales, si se trata de una lengua que conozca, o si no, en la mejor traducción; prefiere los gruesos volúmenes de las ediciones de obras completas pero no desdeña los libros de bolsillo, más apropiados para leer en la playa, bajo los árboles o en el autocar... Las vacaciones no habrán sido en vano y el Buen Lector regresará enriquecido de un nuevo mundo fantástico.

Se entiende que esto no es más que plato principal, luego habrá que pensar en la guarnición. Están las últimas novedades editoriales de las que el Buen Lector quiere ponerse al día, así como las nuevas publicaciones en su ramo profesional, y para leerlas es imprescindible aprovechar esos días; y también hay que elegir algún libro de características distintas a todos los demás ya escogidos para variar y tener la posibilidad de frecuentes interrupciones, pausas y cambios de registro. Ahora, el Buen Lector tiene ante sí un plan detalladísimo de lecturas para todas las ocasiones, horas del día y estados de ánimo. Si encuentra una casa de vacaciones, quizás una casa antigua llena de recuerdos de la infancia, ¿puede haber algo más bonito que colocar un libro en cada habitación, uno en el porche, otro en la mesilla de noche, otro en la hamaca?

Es la víspera de la partida. Los libros escogidos son tantos que para transportarlos necesitaría un baúl. Comienza la labor de limpieza: "En cualquier caso éste no lo iba a leer, éste es demasiado pesado, éste no es urgente", y la montaña de libros se desmorona, se reduce a la mitad, a un tercio. De este modo, el Buen Lector se encuentra con una selección de lecturas esenciales que darán lustre a sus vacaciones. Después de hacer las maletas, todavía se quedan fuera algunos volúmenes. El programa acaba reducido a unas pocas lecturas pero todas sustanciosas: estas vacaciones serán una etapa importante en la evolución espiritual del Buen Lector.

Los días empiezan a pasar deprisa. El Buen Lector se halla en excelente forma para hacer deporte y acumula energías a fin de alcanzar la condición física ideal para leer. Pero después de comer le entra tanto sueño que se queda dormido toda la tarde. Hay que hacer algo y para ello es de gran ayuda la compañía, que este año es insólitamente agradable. El Buen Lector hace muchas amistades y se pasa la mañana y tarde en la barca, de excursión, y al anochecer se va de juerga hasta muy tarde. Por supuesto, para leer se requiere soledad: el Buen Lector medita un plan para escabullirse. Alimentar su inclinación por una joven rubia puede ser el mejor camino. Pero con la joven rubia se pasa la mañana jugando al tenis, la tarde jugando a la canasta y la noche bailando. En los momentos de descanso, ella no se calla nunca.
Las vacaciones han terminado. El Buen Lector vuelve a colocar los libros intactos en la maleta, piensa en el otoño, en el invierno, en los rápidos y cortos cuartos de hora que dedicará a la lectura antes de dormirse, antes de salir corriendo a la oficina, en el tranvía, en la sala de espera del dentista…  

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30 nov 2010

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infancia 1











El barón rampante, Italo Calvino, 1960 (fragmento)

Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cósimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las espesas ramas de la gran encina del parque. Era mediodía, y nuestra familia por tradición se sentaba a la mesa a aquella hora, a pesar de estar ya difundida entre los nobles la moda, procedente de la poco madrugadora Corte de Francia, de comer a media tarde. Recuerdo que soplaba viento del mar y las hojas se movían. Cósimo dijo: «¡He dicho que no quiero y no quiero!», y rechazó el plato de caracoles. Nunca se había visto una desobediencia tan grave.
En la cabecera estaba el barón Arminio Piovasco de Rondó, nuestro padre, con peluca sobre las orejas a lo Luis XIV, anticuada como tantas cosas suyas. Entre mi hermano y yo se sentaba el abate Fauchelafleur, limosnero de nuestra familia y preceptor de nosotros dos. Delante teníamos a la generala Corradina de Rondó, nuestra madre, y a nuestra hermana Battista, monja doméstica. En el otro extremo de la mesa, frente a nuestro padre, se sentaba, vestido a la turca, el caballero abogado Enea Silvio Carrega, administrador e hidráulico de nuestras haciendas, y tío natural nuestro, como hermano ilegítimo de nuestro padre.
Hacía pocos meses, habiendo cumplido Cósimo los doce años y yo los ocho, habíamos sido admitidos a la misma mesa que nuestros padres; o sea que yo había salido favorecido en la misma hornada que mi hermano, antes de tiempo, porque no quisieron dejarme aparte comiendo solo. Favorecido lo he dicho por decir; en realidad tanto para Cósimo como para mí había terminado la buena vida, y añorábamos las comidas en nuestra habitación, nosotros dos solos con el abate Fauchelafleur. El abate era un viejecito seco y arrugado, que tenía fama de jansenista, y en efecto, había huido del Delfinado, su tierra natal, para librarse de un proceso de la Inquisición. Pero el carácter riguroso que todos acostumbraban a elogiar de él, la severidad interior que se imponía e imponía a los demás, cedían continuamente a una fundamental vocación por la indiferencia y el dejar pasar, como si sus largas meditaciones con la mirada clavada en el vacío no hubiesen conseguido más que tedio y desgana, y en cada dificultad, incluso mínima, viese la señal de una fatalidad a la que de nada valía oponerse. Nuestras comidas en compañía del abate comenzaban tras largas oraciones, con movimientos de cuchara comedidos, rituales, silenciosos, y ay del que levantara los ojos del plato o hiciera el más leve ruido sorbiendo el caldo...; pero al final de la sopa el abate ya estaba cansado, aburrido, miraba al vacío, daba chasquidos con la lengua a cada sorbo de vino, como si sólo las sensaciones más superficiales y efímeras consiguieran llegar hasta él; al segundo plato ya podíamos ponernos a comer con las manos, y terminábamos la comida arrojándonos corazones de pera, mientras el abate soltaba de vez en cuando uno de sus parsimoniosos: «Ooo bien...! Ooo alors...!»
Ahora, en cambio, en la mesa con la familia, tomaban cuerpo los rencores familiares, capítulo triste de la infancia. Nuestro padre, nuestra madre siempre allí delante, el uso de los cubiertos para el pollo, y estate derecho, y saca los codos de la mesa, ¡constantemente!, y además aquella antipática de nuestra hermana Battista. Comenzó una serie de reprimendas, de despechos, de castigos, de antojos, hasta el día en que Cósimo rechazó los caracoles y decidió separar su suerte de la nuestra.
Sólo más tarde me di cuenta de esta acumulación de resentimientos familiares; entonces tenía ocho años, todo me parecía un juego, nuestra guerra contra los mayores era la habitual de todos los chicos, no entendía que la obstinación que ponía mi hermano en ella ocultaba algo más hondo.
Nuestro padre el barón era un hombre fastidioso, la verdad, aunque no malvado; fastidioso porque su vida estaba dominada por ideas confusas, como sucede a menudo en épocas de cambio. Los tiempos agitados transmiten a muchos una necesidad de agitarse ellos también, pero totalmente al revés, o de forma desorientada: así, nuestro padre, con lo que entonces se estaba incubando, hacía alarde de pretensiones al título de duque de Ombrosa, y no pensaba más que en genealogías y sucesiones y rivalidades y alianzas con los potentados vecinos y lejanos.
Por eso en casa se vivía siempre como si estuviéramos en el ensayo general de una invitación a la Corte, no sé si a la de la emperatriz de Austria, del rey Luis, o quizá de aquellos montañeses de Turín. Nos servían un pavo, y nuestro padre observaba si lo trinchábamos y descarnábamos según todas las reglas reales, y el abate casi no lo probaba para no dejarse coger en un error, él que debía ayudar a nuestro padre en sus reprensiones. Del caballero abogado Carrega, en fin, habíamos descubierto su fondo de intenciones equívocas: hacía desaparecer muslos enteros bajo los faldones de su zamarra turca, para comérselos luego a mordiscos como le gustaba, escondido en la viña; y nosotros habríamos jurado (aunque nunca conseguimos pillarlo con las manos en la masa, de lo hábiles que eran sus movimientos) que se sentaba a la mesa con el bolsillo lleno de huesos ya descarnados, para dejarlos en el plato en lugar de los cuartos de pavo hechos desaparecer como por encanto. Nuestra madre la generala no contaba, porque usaba bruscos modos militares incluso al servirse en la mesa —«So! Noch ein wenig! Gut!»—, a los que nadie replicaba; pero con nosotros se comportaba, si no con etiqueta, con disciplina, y echaba una mano al barón con sus órdenes de plaza de armas —«Sitz' ruhig! ¡Y límpiate los morros!»—. La única que se encontraba a sus anchas era Battista, la monja doméstica, que descarnaba pollos con un ahínco extremo, fibra por fibra, con unos cuchillitos afilados que sólo tenía ella, parecidos a bisturís de cirujano. El barón, que acaso habría podido ponérnosla como ejemplo, no osaba mirarla, porque, con aquellos ojos espantados bajo las alas de la cofia almidonada, los dientes apretados en su amarilla carita de ratón, le daba miedo incluso a él. Se comprende, pues, que fuera la mesa el lugar donde salían a luz todos los antagonismos, las incompatibilidades entre nosotros, y también todas nuestras locuras e hipocresías; y que precisamente en la mesa se determinara la rebelión de Cósimo. Por esto me alargo al contarlo, puesto que, en la vida de mi hermano, ya no volveremos a encontrar ninguna mesa aparejada, podemos estar seguros.
Era también el único sitio en donde nos encontrábamos con los mayores. Durante el resto del día nuestra madre se retiraba a sus habitaciones a hacer encajes y bordados y filé, porque la generala, en realidad, sólo sabía ocuparse de estas labores tradicionalmente femeninas, y sólo con ellas se desahogaba de su pasión guerrera. Eran encajes y bordados que acostumbraban a representar mapas geográficos; y extendidos sobre cojines o tapices, nuestra madre los punteaba con alfileres y banderitas, señalando los planes de batalla de la Guerra de Sucesión, que conocía al dedillo. O bien bordaba cañones, con las distintas trayectorias que salían de la boca de fuego, y las cureñas, y los ángulos de tiro, porque era muy competente en balística, y tenía además a su disposición toda la biblioteca de su padre el general, con tratados de arte militar y tablas de tiro y atlas. Nuestra madre era una Von Kurtewitz, Konradine de pila, hija del general Konrad von Kurtewitz, que veinte años antes había ocupado nuestras tierras al mando de las tropas de María Teresa de Austria. Huérfana de madre, el general se la llevaba consigo al campo; nada novelesco, viajaban bien equipados, se alojaban en los mejores castillos, con un tropel de criadas, y ella se pasaba el día haciendo encajes de bolillos; eso que cuentan, que también ella iba a las batallas, a caballo, sólo son leyendas; siempre había sido una mujercita de piel rosada y nariz respingona como la recordamos nosotros, pero le había quedado esa paterna pasión militar, quizá como protesta contra su marido.
Nuestro padre era de los pocos nobles de nuestra tierra que fueron partidarios de los imperiales en aquella guerra; acogió con los brazos abiertos al general Von Kurtewitz en su feudo, puso a su disposición sus hombres, y para demostrar mejor su adhesión a la causa imperial se casó con Konradine; todo con la esperanza del Ducado, y también entonces le fue mal, como de costumbre, porque los imperiales se marcharon pronto y los genoveses lo cargaron de impuestos. Pero había ganado una buena esposa, la generala, como se la llamó después que su padre murió en la expedición a Provenza, y María Teresa le mandó un collar de oro sobre un. cojín de damasco; una esposa con la que estuvo casi siempre de acuerdo, aunque ella, criada en los campamentos, no soñaba más que en ejércitos y batallas y le recriminaba no ser más que un chalán desafortunado.
Pero en el fondo los dos se habían quedado en los tiempos de las Guerras de Sucesión, ella con la artillería en la cabeza, él con los árboles genealógicos; ella soñando para nosotros sus hijos un grado en un ejército, no importa cuál, él viéndonos en cambio casados con alguna gran duquesa electora del Imperio... Aun así fueron unos padres buenísimos, pero tan distraídos que los dos tuvimos que crecer casi abandonados a nosotros mismos. ¿Fue un bien o un mal? ¿Quién puede saberlo? La vida de Cósimo fue tan fuera de lo normal como metódica y modesta la mía, y sin embargo pasamos nuestra infancia juntos, indiferentes ambos a los resentimientos de los adultos, buscando caminos distintos de los frecuentados por la gente.
Trepábamos a los árboles (estos primeros juegos inocentes se cargan ahora en mi recuerdo de un destello de iniciación, de presagio; pero ¿quién lo pensaba, entonces?), subíamos por los torrentes saltando de roca en roca, explorábamos cuevas en la orilla del mar, nos deslizábamos por las balaustradas de mármol de las escalinatas de la villa. Por uno de estos deslizamientos se originó una de las más graves causas de discordia de Cósimo con los padres, porque fue castigado, injustamente según él, y desde entonces guardó rencor contra la familia (o la sociedad, o el mundo en general) que se manifestó luego en su decisión del 15 de junio.
A decir verdad, ya habíamos sido advertidos de no deslizamos por la balaustrada de mármol de las escaleras, no por miedo a que nos rompiésemos un brazo o una pierna, que de esto nuestros padres no se preocuparon nunca, y fue la razón —creo yo— de que nunca nos rompiésemos nada; sino porque al crecer y aumentar de peso podíamos echar abajo las estatuas de antepasados que nuestro padre había mandado colocar sobre los pilares terminales de las balaustradas en cada tramo de escaleras. Ya una vez Cósimo había hecho caer un tatarabuelo obispo, con la mitra y todo; le castigaron, y desde entonces aprendió a frenar un instante antes de llegar al final del tramo y a saltar cuando faltaba un pelo para chocar contra la estatua. También yo aprendí eso, porque lo seguía en todo, sólo que, siempre más modesto y prudente, me apeaba a la mitad del tramo, o bien no me deslizaba seguido, sino con continuos frenazos. Un día él bajaba por la balaustrada como una flecha, ¿y quién estaba subiendo las escaleras? El abate Fauchelafleur que se iba a pasear, con el breviario abierto, pero con la mirada fija en el vacío como una gallina. ¡Si hubiera estado medio dormido como de costumbre! Pero no, se hallaba en uno de esos momentos que también le daban, de extrema atención e inquietud por todo. Ve a Cósimo, piensa: balaustrada, estatua, ahora se le echa encima, ahora me reprenden también a mí (porque a cada travesura nuestra le regañaban también a él por no saber vigilarnos), y se lanza a la balaustrada para detener a mi hermano. Cósimo da contra el abate, lo arrastra consigo por la balaustrada (era un viejecito todo piel y huesos), no puede frenar, choca con más fuerza contra la estatua de nuestro antepasado Cacciaguerra Piovasco, cruzado en Tierra Santa, y se precipitan todos al pie de las escaleras; el cruzado hecho añicos (era de yeso), el abate y él. Hubo reprimendas hasta nunca acabar, azotes, deberes de castigo, encierros a pan y sopa fría. Y Cósimo, que se sentía inocente porque la culpa no había sido suya, sino del abate, salió con aquella invectiva feroz: «¡Yo me río de todos vuestros antepasados, señor padre!», que ya anunciaba su vocación de rebelde.
Nuestra hermana, en el fondo, lo mismo. También ella, si bien vivía en el aislamiento que le había impuesto nuestro padre, tras la historia del marquesito De la Mela, siempre había sido de espíritu rebelde y solitario. Qué fue lo que pasó aquella vez con el marquesito, nunca se supo del todo. Hijo de una familia enemiga nuestra, ¿cómo se pudo introducir en casa? ¿Y para qué? Para seducir, o mejor, para violar a nuestra hermana, se dijo en el largo litigio que mantuvieron después las dos familias. En realidad, nunca conseguimos imaginarnos a aquel bobalicón pecoso como un seductor, y menos aún con nuestra hermana, desde luego más fuerte que él, y famosa por echar pulsos incluso con los mozos de cuadra. Y además, ¿por qué fue él quien gritó? Y los criados que acudieron con nuestro padre, ¿por qué lo hallaron con los pantalones hechos pedazos, destrozados como por las garras de una tigresa? Los De la Mela nunca quisieron admitir que su hijo hubiese atentado contra el honor de Battista ni consintieron el matrimonio. Así nuestra hermana acabó sepultada en casa, con los hábitos de monja, aún sin haber hecho votos ni siquiera de terciaria, dada su dudosa vocación.
Su ánimo pérfido se expansionaba sobre todo con la cocina. Era excelente cocinando, ya que no le faltaba ni prontitud ni fantasía, cualidades principales para una cocinera, pero donde ella ponía las manos no se sabía qué sorpresas podían llegarnos luego a la mesa; una vez preparó unas tostadas con paté, la verdad es que exquisitas, de hígado de ratón, y no nos lo dijo hasta que las hubimos comido y encontrado buenas; por no hablar de las patas de saltamontes, las de atrás, duras y dentelladas, puestas en mosaico sobre un pastel; y los rabitos de cerdo, asados como si hubiesen sido rosquillas; y aquella vez que dio a cocer un puercoespín entero, con todas las púas, quién sabe por qué, desde luego sólo para impresionarnos cuando levantaron el cubreplatos, porque ni ella, que siempre comía todas las cosas raras que preparaba, lo quiso probar, aún cuando era un puercoespín cachorro, rosado, sin duda tierno. En realidad, gran parte de esta horrenda cocina era ingeniada sólo por su aspecto, más que por el placer de hacernos saborear junto a ella manjares con unos sabores horripilantes. Estos platos de Battista eran unas obras de delicada orfebrería animal o vegetal: coliflores con orejas de liebre puestas sobre un anillo de pelos de liebre; o una cabeza de cerdo de cuya boca salía, como si sacara la lengua, una langosta roja, y la langosta entre las pinzas sujetaba la lengua del cerdo como si se la hubiese arrancado. Luego los caracoles: había conseguido decapitar no sé cuántos caracoles, y las cabezas, aquellas cabezas de caballitos tan viscosas, las había clavado, creo que con mondadientes, sobre unas pastas de hojaldre, y parecían, cuando llegaron a la mesa, una bandada de minúsculos cisnes. Y más aún que la vista de aquellas chucherías impresionaba pensar en todo el empeño que sin duda Battista había puesto al prepararlas, imaginar sus manos sutiles mientras desmembraban aquellos cuerpecitos de animales.
El modo en que los caracoles excitaban la macabra fantasía de nuestra hermana, nos empujó, a mi hermano y a mí, a una rebelión, que era, al mismo tiempo, de solidaridad con los pobres animales atormentados, de desagrado por el sabor de los caracoles cocidos y de exasperación por todos y todo, hasta el punto que no hay que sorprenderse que a partir de ese momento madurase Cósimo su gesto y todo lo que le siguió.
Habíamos urdido un plan. Cuando el caballero abogado traía a casa un cesto lleno de caracoles comestibles, los metían en un tonel de la bodega, para que ayunaran, y comiendo sólo salvado se purgasen. Al desplazar la tapa de tablas de este tonel aparecía una especie de infierno, en el que los caracoles subían por las duelas con una lentitud que ya era un presagio de agonía, entre restos de salvado, estrías de opaca baba agrumada y coloreados excrementos, recuerdo de los buenos tiempos de las hierbas al aire libre. Algunos estaban fuera del caparazón, con la cabeza extendida y los cuernos separados, otros encogidos, dejando asomar solamente desconfiadas antenas, otros de tertulia como comadres, otros adormecidos y encerrados, otros muertos, vueltos al revés. Para salvarlos del encuentro con aquella siniestra cocinera, y para salvarnos a nosotros de sus opíparas comidas, practicamos un agujero en el fondo del tonel, y desde allí trazamos con briznas de hierba picada y miel, un camino lo más escondido posible, detrás de barriles y aparejos de la bodega, para incitar a los caracoles a la fuga, hasta un ventanuco que daba a un bancal inculto y lleno de maleza.
Al día siguiente, cuando bajamos a la bodega a examinar los efectos de nuestro plan, a la luz de una vela inspeccionamos las paredes y los corredores. «¡Aquí hay uno! ¡Aquí otro! ¡Mira éste hasta dónde ha llegado!» Ya una hilera de caracoles sin grandes claros recorría el suelo y las paredes, del tonel al ventanuco, siguiendo nuestra pista. «¡Rápido, caracoles! ¡De prisa, escapad!», no pudimos contenernos de decirles, viendo los animalillos andar lentamente, no sin desviarse en inútiles rodeos por las desconchadas paredes de la bodega, atraídos por ocasionales depósitos y mohos y grumos; pero la bodega estaba oscura, abarrotada, accidentada; esperábamos que nadie pudiera descubrirlos, que todos tuvieran tiempo de escapar.
En cambio, aquel alma sin paz de nuestra hermana Battista de noche recorría toda la casa a la caza de ratones, sosteniendo un candelabro, y con la escopeta bajo el brazo. Aquella noche pasó por la bodega, y la luz del candelabro iluminó un caracol perdido en el techo, con la estela de baba argéntea. Retumbó un disparo. Todos en las camas nos sobresaltamos, pero enseguida volvimos a hundir la cabeza en la almohada, acostumbrados como estábamos a las cacerías nocturnas de la monja doméstica. Pero Battista, destruido el caracol y desplomado un trozo de revoque con aquel escopetazo irrazonable, comenzó a gritar con su vocecilla estridente: «¡Socorro! ¡Se escapan todos! ¡Socorro!» Acudieron los criados medio desnudos, nuestro padre armado con un sable, el abate sin peluca, y el caballero abogado, aún antes de entender nada, por miedo a incordios, escapó al campo y se fue a dormir a un pajar.
Al claror de las antorchas todos se pusieron a dar caza a los caracoles por la bodega, aunque a nadie le importaran gran cosa, pero ahora ya estaban despiertos y no querían admitir, por el amor propio de siempre, que se habían molestado para nada. Descubrieron el agujero en el tonel y comprendieron en seguida que habíamos sido nosotros. Nuestro padre vino a calentarnos a la cama, con el látigo del cochero. Acabamos recubiertos de estrías violetas en la espalda, las nalgas y las piernas, encerrados en un triste cuartucho a modo de prisión.
Nos tuvieron allí tres días, a pan, agua, ensalada y sopa fría (que, por suerte, nos gustaba). Después, la primera comida en familia, como si nada hubiese ocurrido, todos de maravilla, aquel mediodía del 15 de junio; ¿y qué había preparado nuestra hermana Battista, encargada de la cocina? Sopa de caracoles y guiso de caracoles. Cósimo no quiso tocar ni siquiera un caparazón. «¡Comed u os volvemos a encerrar de inmediato en el cuartucho!» Yo cedí, y empecé a tragarme los moluscos. (Fue un poco una bajeza por mi parte, que hizo que mi hermano se sintiera más solo, por lo que en su abandonarnos había también una protesta contra mí, que lo había decepcionado; pero sólo tenía ocho años, y además ¿de qué sirve comparar mi fuerza de voluntad, o mejor, la que podía tener de niño con la obstinación sobrehumana que marcó la vida de mi hermano?)
—¿Y eso? —dijo nuestro padre a Cósimo.
—¡ No y no! —dijo Cósimo, y rechazó el plato.
—¡Fuera de esta mesa!
Pero Cósimo ya nos había vuelto las espaldas y estaba saliendo del comedor.
—¿Adónde vas?
Lo veíamos por la puerta de cristales mientras cogía su tricornio y su espadín en el vestíbulo.
—¡Lo sé yo! —y corrió hacia el jardín.
Al cabo de un momento, por las ventanas, vimos que trepaba por la encina. Iba vestido y acicalado con gran pulcritud, tal como nuestro padre quería que viniese a la mesa, pese a sus doce años: cabellos empolvados con lazo en la coleta, tricornio, corbata de encaje, frac verde con colas, calzones de color malva, espadín, y polainas altas de piel blanca hasta medio muslo, única concesión a una forma de vestir más acorde con nuestra vida campestre. (Yo, como sólo tenía ocho años, estaba dispensado de los polvos en los cabellos, salvo en las ocasiones de gala, y del espadín, que en cambio me habría gustado llevar). Así que subía por el nudoso árbol, moviendo brazos y piernas por las ramas con la seguridad y rapidez que se debían a la larga práctica llevada a cabo conjuntamente.
Ya he dicho que en los árboles pasábamos horas y horas, y no por algún motivo provechoso como hacen tantos chicos, que suben a ellos sólo para buscar fruta o nidos de pájaros, sino por el placer de salvar salientes del tronco y horcaduras, y llegar lo más arriba posible, y encontrar sitios adecuados donde entretenernos mirando el mundo allá abajo, y poder gastar bromas a quien pasara por debajo. Consideré pues natural que el primer pensamiento de Cósimo, en aquel injusto ensañarse contra él, hubiese sido el de trepar a la encina, árbol que nos era familiar, y que teniendo las ramas a la altura de las ventanas del comedor, imponía su actitud desdeñosa y ofendida a la vista de toda la familia.
Vorsicht! Vorsicht! Pobre, ¡se va a caer! —exclamó ansiosa nuestra madre, que nos habría visto de buena gana a la carga bajo los cañonazos, en tanto que se inquietaba por todos nuestros juegos.
Cósimo subió hasta la horquilla de una gruesa rama en donde podía estar cómodo, y se sentó allí, con las piernas que le colgaban, cruzado de brazos con las manos bajo los sobacos, la cabeza hundida entre los hombros, el tricornio calado sobre la frente.
Nuestro padre se asomó al antepecho.
—¡Cuando te canses de estar ahí ya cambiarás de idea! —le gritó.
—Nunca cambiaré de idea —dijo mi hermano desde la rama.
—¡Ya verás, en cuanto bajes!
—¡No bajaré nunca más! Y mantuvo su palabra.


The Tree of Life, Gustav Klimt, 1909