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31 ago 2015

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Biblioteca 12

Planta de la biblioteca de El nombre de la rosa, Umberto Eco.

Espacio onírico

Las bibliotecas que imaginaron Jorge Luis Borges y Umberto Eco son similares en algunos aspectos y diferentes en otros. Ambas son laberintos que representan el universo. En las dos la historia se refiere a la búsqueda de un libro en los estantes de esas bibliotecas, que contiene a todos los libros en el caso de Borges, y un libro de Aristóteles en el caso de Eco.

La atracción de estos espacios literarios reside en su identidad laberíntica y misteriosa, en el influjo de los lugares místicos que ocultan un tesoro al que se accede a través de tortuosos recorridos.

El diseño físico de ambas bibliotecas manifiestan sus características esenciales. La de Borges tiene un numero infinito de habitaciones hexagonales, en las que el orden compulsivo lleva al caos absoluto, ya que son las dos caras de la misma moneda. En la de Eco cincuenta y seis ambientes, de las que cuatro son heptagonales y el resto casi cuadradas.

Para analizar ambas es necesario recurrir a las matemáticas, ya que sin matemática no se puede construir laberintos. En ambos casos se analiza la estructura de las bibliotecas para comprender el universo en Borges, y la estructura exterior para comprender la estructura interior de la biblioteca en Eco.

La forma arquitectónica se superpone a la trama y sus confusiones. Del mismo modo el laberinto críptico, el descubrimiento de los misteriosos asesinatos conduce a direcciones equivocadas y callejones sin salida. Guillermo de Baskerville admite haber encontrado la manera derecha solamente por desvíos y por casualidad. Él descubre la respuesta al acertijo asumiendo una coherencia inexistente entre la profecía de Juan y los asesinatos. Por lo tanto, Guillermo es la personificación de una vista en forma de rizoma del mundo. No hay caminos equivocados ni correctos. Sin embargo, cada camino conduce a la respuesta. La segunda disposición del laberinto es el manierista, que tiene una estructura tipo árbol con muchas ramas y raíces con una sola salida. Se retrata en el comportamiento de Adso, y de manera similar a la historia del hilo de Ariadna, el personaje logra encontrar su salida a través de un principio de ensayo y error. Jorge de Burgos, el bibliotecario anciano y ciego, se refiere al tercer tipo de laberintos: el griego clásico, no permite que nadie se pierda porque se entra, se llega al centro y de allí a la salida. Por un lado, el cosmos de la biblioteca coincide con la percepción de Jorge de un mundo autónomo y, por otra parte, él mismo representa al Minotauro, que se encuantra en el centro de la biblioteca: la sala secreta Finis Africae, donde espera a los intrusos.

En estas búsquedas, no sólo espacial, sino también personales, trasladan a la arquitectura enigmas de la condición humana.

16 jul 2015

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Biblioteca 11

Relatividad, 1953, M. C. Escher.
Umberto Eco tenía poco más de veinte años cuando se publicó por primera vez en Italia el volumen Ficciones, de Jorge Luis Borges. Fue una edición pequeña de sólo quinientos ejemplares. Eco leyó esos cuentos y quedó fascinado.
La fuerte influencia borgesiana sobre el trabajo de Umberto Eco puede leerse en El nombre de la rosa, publicada en 1980. La novela, que transcurre en 1327, se centra en los intentos de un novicio franciscano para investigar una serie de muertes en un monasterio italiano.
La mayor parte de la historiaa transcurre en la biblioteca laberíntica del monasterio, una referencia clara al concepto de la biblioteca total que recorre la obra de Borges, particularmente en su cuento La biblioteca de Babel. Borges escribió en esta pieza que la biblioteca total contiene "todo lo que se puede expresar en todos los idiomas"; Eco como semiólogo era muy consciente de la exploración de la capacidad del lenguaje, específicamente de la palabra escrita, de cómo expresar o crear significado.

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Los monjes no sólo utilizan la biblioteca para clasificar y archivar el mundo, sino también para acceder a él. La biblioteca de Eco no sólo hace referencia a la biblioteca total, sino que está dirigida por Jorge de Burgos, un monje bibliotecario de habla hispana que es ciego; así como Jorge Luis Borges había sido nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina en 1955, momento en el que había perdido por completo la vista.

#UmbertoEco #literatura #libro #laberinto #biblioteca

18 jun 2015

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Biblioteca 10

La antibiblioteca

El semiólogo, filósofo y semiólogo Umberto Eco ha sido un entusiasta coleccionista de libros raros. Eco ha acumulado decenas de miles de libros, y siempre observa que no ha leído la mayoría de ellos.
Esa capacidad de mezclar fuentes de ambos extremos del espectro invariable creció en la niñez de Eco. Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Umberto se encargaba de buscar el carbón de la bodega. Allí encontró un tesoro de libros. Su abuela, una lectora indiscriminada, tenía libros de autores clásicos como Balzac, Dickens y Darwin junto a novelas de diez centavos y cómics. Eco los leyó a todos.

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En su libro El cisne negro, Nassim Nicholas Taleb, analiza cómo los seres humanos creemos saber más de lo que efectivamente sabemos. Y menciona a Eco como una persona que sabe realmente lo que una biblioteca personal es: una "anti-biblioteca". Es decir, una colección de libros que uno no ha leído todavía. Después de todo, "los libros no leídos son mucho más valiosos que los que se leen". Eco separa a los visitantes en dos categorías: los que ven su biblioteca e inmediatamente se preguntan cuántos de los 30.000 volúmenes ha leído, y los que ven la biblioteca y entienden que es una herramienta de investigación.

De lo que realmente se trata es de cultivar la curiosidad y aprender a aprender. Mientras investigaba su propio doctorado Eco se quedó atascado, y un día pasó  por una librería y compró un libro de un oscuro abad del siglo XIX porque le gustó la encuadernación. Sin pensarlo, encontró en una línea desechable una idea asombrosa...

#UmbertoEco #biblioteca #libro #literatura
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14 may 2015

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Biblioteca 9

Homenaje a Borges, Christian Boltanski, 2012.

El oficio bibliotecario


Jorge Luis Borges pasó por varios de los cargos propios de la profesión de bibliotecario; desde la catalogación, que ejerció en la biblioteca municipal Miguel Cané hasta la dirección de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de 1955 a 1973. Durante su gestión se promovió la construcción de una  sede moderna que era necesaria para albergar al amplio patrimonio con el que contaba la Biblioteca. La visión de Borges no es, pues, mero producto de la creación literaria. Es también, la visión de un bibliotecario de avanzada, la de un meta buscador de posibilidades. La biblioteca total de Borges sería ese lugar, ese punto, en dónde estaría el todo y desde dónde sería posible ver todo.
Pero no sólo la información necesaria, también los desatinos, las múltiples e inverosímiles probabilidades combinatorias que el lenguaje y los números pudieran producir rozando la locura y la propia intimidad. “[…] vi. la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte … vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo […]”, El Aleph, Pág.71. La Biblioteca de Borges sería un lugar mutable y en constante cambio no un lugar quieto, sólido “Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.” 

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Boltanski decidió tomar al pie de la letra aquella definición de Ramón Gómez de la Serna que define el libro como un pájaro de más de cien alas para volar. El artista suspendió del techo de la ex Biblioteca Nacional más de 500 libros, de todos los tamaños, colores, olores, precios, idiomas, épocas e incluso sabores. Entreabiertos, con hojas ligeramente al aire, mecidas con la brisa de varios ventiladores, como pájaros hechos de papel con alas que ondulan.

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#JorgeLuisBorges #libro #literatura #biblioteca

16 abr 2015

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Biblioteca 8


La Salle des Planètes de Desmazières.

Infinita

La Biblioteca de Babel es uno de los cuentos más célebres del escritor argentino Jorge Luis Borges, en él Borges nos da su visión del universo: es una biblioteca "total" que contiene todas las combinaciones de letras posibles. Esto significa que alberga todas las obras literarias jamás escritas, todo lo que todavía no se escribió y también un sinfín de textos que podrían ser incoherentes.

A pesar del aparente desorden de la Biblioteca, el narrador rechaza la idea de que algunos de los libros carezcan de sentido. Asegura que no hay ninguna combinación de letras que no signifique algo en alguna de las lenguas o códigos que encierra la Biblioteca. La repetición del desorden de la Biblioteca crea un orden: el Orden del Universo. Esta creencia en un Universo ordenado y elegante le da esperanza.

La biblioteca de Babel 

El jardín de senderos que se bifurcan, 1941
Fragmento
“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente.
         La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos.”


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#JorgeLuisBorges #libro #literatura #biblioteca

19 mar 2015

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Biblioteca 7

Sala Oval de la Biblioteca Nacional de Francia.


La biblioteca total

Jorge Luis Borges

El capricho o imaginación o utopía de la Biblioteca Total incluye ciertos rasgos, que no es difícil confundir con virtudes. Maravilla, en primer lugar, el mucho tiempo que tardaron los hombres en pensar esa idea. Ciertos ejemplos que Aristóteles atribuye a Demócrito y a Leucipo la prefiguran con claridad, pero su tardío inventor es Gustav Theodor Fechner y su primer expositor es Kurd Lasswitz. (Entre Demócrito de Abdera y Fechner de Leipzig fluyen -cargadamente- casi veinticuatro siglos de Europa.) Sus conexiones son ilustres y múltiples: está relacionada con el atomismo y con el análisis combinatorio, con la tipografía y con el azar. En la obra El certamen con la tortuga (Berlín, 1929), el doctor Theodore Wolff juzga que es una derivación, o parodia, de la máquina mental de Raimundo Lulio; yo agregaría que es un avatar tipográfico de esa doctrina del Eterno Regreso que prohijada por los estoicos o por Blanqui, por los pitagóricos o por Nietzsche, regresa eternamente.
El más antiguo de los textos que la vislumbran está en el primer libro de la Metafísica de Aristóteles. Hablo de aquel pasaje que expone la cosmogonía de Leucipo: la formación del mundo por la fortuita conjunción de los átomos. El escritor observa que lo átomos que esa conjetura requiere son homogéneos y que sus diferencias proceden de la posición, del orden o de la forma. Para ilustrar esas distinciones añade: “A difiere de N por la forma, AN de NA por el orden, Z de N por la posición”. En el tratado De la generación y corrupción, quiere acordar la variedad de las cosas visibles con la simplicidad de los átomos y razona que una tragedia consta de iguales elementos que una comedia -es decir, de las veinticuatro letras del alfabeto.
Pasan trescientos años y Marco Tulio Cicerón compone un indeciso diálogo escéptico y lo titula irónicamente De la naturaleza de los dioses. En el segundo libro, uno de los interlocutores arguye: “No me admiro que haya alguien que se persuada de que ciertos cuerpos sólidos e individuales son arrastrados por la fuerza de la gravedad, resultando del concurso fortuito de estos cuerpos el mundo hermosísimo que vemos. El que juzga posible esto, también podrá creer que si arrojan a bulto innumerables caracteres de oro, con las veintiuna letras del alfabeto, pueden resultar estampados los Anales de Ennio. Ignoro si la casualidad podrá hacer que se lea un solo verso.”1
La imagen tipográfica de Cicerón logra una larga vida. A mediados del siglo XVII, figura en un discurso académico de Pascal; Swift, a principios del siglo XVIII, la destaca en el preámbulo de su indignado Ensayo trivial sobre las facultades del alma, que es un museo de lugares comunes -como el futuro Dictionnaire des idées reçues, de Flaubert.
Siglo y medio más tarde, tres hombres justifican a Demócrito y refutan a Cicerón. En tan desaforado espacio de tiempo, el vocabulario y las metáforas de la polémica son distintos. Huxley (que es uno de esos hombres) no dice que los “caracteres de oro” acabarán por componer un verso latino, si los arrojan un número suficiente de veces; dice que media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el British Museum2. Lewis Carroll (que es otro de los refutadores) observa en la segunda parte de la extraordinaria novela onírica Sylvie and Bruno -año 1893- que siendo limitado el número de palabras que comprende un idioma, lo es asimismo el de sus combinaciones posibles o sea el de sus libros. “Muy pronto -dice- los literatos no se preguntarán, ‘¿qué libro escribiré?’, sino ‘¿cuál libro?’
“Lasswitz, animado por Fechner, imagina la Biblioteca Total. Publica su invención en el tomo de relatos fantásticos Traumkristalle.
La idea básica de Lasswitz es la de Carroll, pero los elementos de su juego son los universales símbolos ortográficos, no las palabras de un idioma. El número de tales elementos -letras, espacios, llaves, puntos suspensivos, guarismos- es reducido y puede reducirse algo más. El alfabeto puede renunciar a la cu (que es del todo superflua), a la equis (que es una abreviatura) y a todas las letras mayúsculas. Pueden eliminarse los algoritmos del sistema decimal de numeración o reducirse a dos, como en la notación binaria de Leibniz. Puede limitarse la puntuación a la coma y al punto. Puede no haber acentos, como en latín. A fuerza de simplificaciones análogas, llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar en todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca Total, de tamaño astronómico. Lasswitz insta a los hombres a producir mecánicamente esa Biblioteca inhumana, que organizaría el azar y que eliminaría a la inteligencia. (El certamen con la tortuga de Theodore Wolff expone la ejecución y las dimensiones de esa obra imposible.)
Todo estará en sus ciegos volúmenes. Todo: la historia minuciosa del porvenir, Los egipcios de Esquilo, el número preciso de veces que las aguas de Ganges han reflejado el vuelo de un halcón, el secreto y verdadero nombre de Roma, la enciclopedia que hubiera edificado Novalis, mis sueños y entresueños en el alba del catorce de agosto de 1934, la demostración del teorema de Pierre Fermat, los no escritos capítulos de Edwin Drood, esos mismos capítulos traducidos al idioma que hablaron los garamantas, las paradojas que ideó Berkeley acerca del Tiempo y que no publicó, los libros de hierro de Urizen, las prematuras epifanías de Stephen Dedalus que antes de un ciclo de mil años nada querrán decir, el evangelio gnóstico de Basílides, el cantar que cantaron las sirenas, el catálogo fiel de la Biblioteca, la demostración de la falacia de ese catálogo. Todo, pero por una línea razonable o una justa noticia habrá millones de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. Todo, pero las generaciones de los hombres pueden pasar sin que los anaqueles vertiginosos -los anaqueles que obliteran el día y en los que habita el caos- les hayan otorgado una página tolerable.
Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles.
Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo… Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.

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12 feb 2015

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Biblioteca 6

Diseño de algunas de las portadas de la Colección Biblioteca de Babel.

Canon bibliófilo


Jorge Luis Borges editó una colección de treinta y tres textos seleccionados y prologados por él para Editorial Siruela titulada La biblioteca de Babel. Con una edición impecable y unas ilustraciones maravillosas estuvieron a la venta entre 1983 y 1987. Aquí una lista de los títulos de la colección:

Las muertes concéntricas, Jack London
Venticinco agosto 1983 y otros cuentos (Borges y VVAA)
El cardenal Napellus, Gustav Meyrink
Cuentos descorteses, León Bloy
El espejo que huye, G. Papini
El crimen de Lord Arthur Saville, Oscar Wilde
El convidado de las últimas fiestas, Villiers de l’Isle-Adam
El amigo de la muerte, Pedro Antonio de Alarcón
Bartleby, el escribiente, Herman Melville
Vathek, W. Beckford
La puerta en el muro, H.G. Wells
El invitado tigre, P’u Sung-Ling
La pirámide de fuego, Arthur Machen
La isla de las voces, R.L. Stevenson
El Ojo de Apolo, G.K.Chesterton
El diablo enamorado, Jacques Cazotte
El buitre, F. Kafka
La carta robada, E.A. Poe
La estatua de sal, Leopoldo Lugones
La casa de los deseos, Rudyard Kipling
Las mil y una noches según Galland
Las mil y una noches según Burton
Los amigos de los amigos, Henry James
Micromegas, Voltaire
Relatos científicos, Charles Hinton
El gran rostro de piedra, N. Hawthorne
El país del Yann, Lord Dunsany
La reticencia de Lady Anne, Saki
Cuentos rusos, Dostoievsky
Leon Tolstoi, Leonidas Andreiev
Cuentos argentinos, VVAA
Nuevos cuentos de bustos Domecq, Bioy Casares y Borges
Libro de sueños; Borges A-Z, Borges y A. Fernández Ferrer

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